El arte de la queja. La excusa del deseo
26 diciembre, 2011
Un paciente entra enojadísimo al consultorio y me cuenta una situación familiar en la que discutió con su hermano en la reunión de navidad. Me dice “sabe qué, me quería regalar una computadora”. Este paciente profesional, soltero y sin hijos, de 50 años, desocupado desde hace 10, que vive sostenido por su tía jubilada, leyendo y escuchando música como única actividad, se enfurece con su hermano, quien se preocupa por reemplazarle la vieja computadora, para que pueda buscar trabajo más comodamente. “Buscar trabajo!!!, claro ahora hay que buscarlo por internet, el gobierno no hace nada…Igual te entrevistan y no te llaman”. Le pregunto que tiene que ver el hermano con ello y me dice “es que me regala la computadora para que consiga un trabajo, por ahí lo consigo, pero no será como el que tenía”. Le señalo que nada va a ser como lo que tenía y que por ahí descubre que es mejor y me dice “pero yo quiero el que tenía”. Le recuerdo que de ese trabajo también se quejaba y que había sentido alivio cuando lo echaron porque tenía ganas de iniciar un proyecto laboral en forma independiente. Me mira y me dice: “si, tal vez sólo sepa ser dependiente”
Como vemos ilustrado en esta viñeta, dependencia y queja van de la mano e implican quedar a merced de otro para no hacerse cargo de los propios deseos y en definitiva de la propia vida. Este paciente ha hecho de la queja, su modo de goce (en el dolor, pero goce al fin). Todo lo que le ocurre “no le atañe” es culpa de su hermano, de la tía, del gobierno o del destino que le tocó. Extraña un trabajo del que lo echaron, no por sus aspectos técnicos (es brillante) sino por sus permanentes “quejas” contra la empresa y sus supervisores. Aún la tía que es su sostén (afectivo y económico) cae también en la volteada de la queja: “me ensucia la cocina, me gasta mucho detergente, me usa el horno y me calienta la casa…”. Yo escucho pacientemente sus quejas, sin avalarlas ni contrariarlas. Intento confrontarlo con su parte en la opereta de su vida, pero el se escabulle con su “no puedo hacer nada, sólo me queda el suicidio…pero como soy muy religioso, no puedo hacerlo”. Si este hombre recibiera un centavo, por cada uno de los “pero” de su discurso y de las excusas para su no hacer nada, sería un hombre muy rico. Rico no sólo en dinero, también conseguiría la riqueza de pararse en otro lugar de la situación que le tocó vivir y haría con su “es lo que hay” una vida distinta.
El psicoanálisis, parte de una premisa básica, “la responsabilidad del sujeto en aquello que le sucede”. La primera consecuencia de esto en aquella persona que se acerca a consultar, es que lo corre de su lugar de queja, provocándole gran alivio, porque empieza a detectar que no es víctima pasiva. La pregunta sobre lo que le pasa recae sobre él y según su deseo de saber, comenzará un análisis. Esto quiere decir que va a vincular su malestar, su sufrimiento, con una causa. En la mera demanda el sujeto se coloca en dependencia de otro. En el involucrarse con la parte que le toca, se convierte en artífice de su vida. Porque la queja no es el sufrimiento, o sea, queja y sufrimiento son dos cosas distintas. Una persona puede sufrir y negarse a toda queja, o por el contrario, situarse en una posición de permanente queja, que le permite disimular su miedo a hacerse cargo de su vida, miedo a abandonar la dependencia. De allí que la propuesta psicoanalítica tenga una cierta violencia: el paciente quiere pasar de depender (del padre, de su jefe, de su pareja, del destino, etc) a depender del analista y el analista le dice “hacete cargo”. No muchos pacientes soportan este “empuje” a un goce acotado y no sufriente y abandonan el análisis, en búsqueda de un otro del cual depender. Conocemos muy bien pacientes que arriban a nuestro consultorio después de haber estado por más de 10 años en tratamiento contínuo (en este caso habría que ver también la responsabilidad del analista en ese tratamiento fallido, pero eso lo dejaré para otro artículo). En fin, un análisis no es ni más ni menos que convertir un goce sufriente en la impotencia de la dependencia en un goce convertido en deseo en acción.
Alguien puede quejarse de una situación intolerable para sí con una amistad, con el vecino, con un pariente, pero lo hace sabiendo que la queja no producirá efectos, el otro lo oye y por ese acto consigue perpetuarse en ese malestar. Podría decirse que queda fijado a algún punto de goce, en ese punto donde hubo otro que gozó de su dependencia. Y en este quedar pegado al mandato de “gozar”, no hay posibilidad de moverse de ese lugar de goce patológico: el de ser gozado por otro.
Psicoanalizarse es buscar una nueva subjetivación como una vía para desplazar la formulación de la queja. Subjetivarse es separarse y re-gocijarse con lo más propio: el deseo. Con el psicoanálisis apuntamos a ayudar al sujeto a nombrar su goce propio, en un intento por descubrir el goce del ser, que es distinto a ser gozado. Es un gran cambio de posición frente al sufrimiento, es desplazar la queja para que advenga la responsabilidad del propio goce y para eso no hace falta un análisis muy largo como muchas veces se suele escuchar (será otra excusa para no intentarlo?), basta con que el sujeto consienta a que se abra el juego a través de la pregunta que lo involucra y libera: “Qué tengo que ver yo en esto que me pasa?”
Lic. Liliana Paz Mendez
Psicóloga-MN 48359
Clínica de Adolescentes y Adultos
Orientación Vocacional y Ocupacional
Acompañamiento terapéutico
39661138/1559428070
Se tiran conmigo Alfredo Belusi
Las fiestas y la nostalgia. El bajón navideño
1 diciembre, 2011
Permanecer y transcurrir
no es es perdurar, no es existir,
ni honrar la vida!… Merecer la vida es erguirse vertical
más allá del mal, de las caídas…Eso de durar y transcurrir
no nos dá derecho a presumir,
porque no es lo mismo que vivir
honrar la vida!
Eladia Blazquez-Poetisa, compositora y cantante argentina
Cada final representa para un ser humano el símbolo de la propia finitud, porque la mente toma conciencia de lo efímero de la existencia cuando experimenta la terminación de cada uno de los ciclos de la vida.
La depresión navideña no es un nuevo trastorno psicológico que aparezca en los manuales psiquiátricos, pero si con este concepto quiero llamar la atención sobre un estado de ánimo que se desarrolla en esta época del año y que guarda mucha similitud con la depresión que todos conocemos. En principio, cumple todas las características de una depresión común: la persona se encuentra triste y melancólica, tiene una visión negativa de lo que la rodea, se aísla y cualquier actividad le resulta complicada de llevar a cabo. Esto choca bastante con el espíritu que rodea a estas fiestas y por supuesto la persona se siente completamente fuera de lugar. Los factores principales que llevan a sentirse así, pueden ser los siguientes:
- Recuerdos de seres queridos, personas que han muerto o que se encuentran lejos con los cuales no se puede compartir estas fiestas. Se echa de menos a esta persona y se recuerda con nostalgia los momentos navideños vividos con ella, y puesto que no pueden repetirse, el pensamiento será negativo hacia esa situación y la persona afectada no tendrá ganas de fiesta. Se estará focalizando toda la atención en ese acontecimiento o en esa persona que falta y no se será capaz de ver el resto del ambiente, como otros familiares que sí están, u otras situaciones nuevas y positivas.
- Paralelo a lo anterior aparecen recuerdos de acontecimientos pasados vividos en estas fiestas o a lo largo del año, que fueron negativos y que ahora salen a relucir para demostrar lo mal que se la ha pasado o lo desdichados que se es. Es una forma de rememorar el pasado con nostalgia, pero que solo sirve para enturbiar el presente.
- A menudo también puede suceder que nos dejemos llevar por la publicidad y por el espíritu navideño que tratan de vendernos ilusiones de felicidad ilimitada por todas partes. La idea de felicidad completa que aparece en los medios de comunicación no tiene nada que ver con la realidad que viven muchas familias con problemas, ya sean económicos, personales, laborales, de pareja, etc. Incluso más: esa idea es una falacia, no existe nadie en el mundo que se sienta “completo”. Si caemos en la trampa de compararnos con lo que nos venden, habremos caído en un pozo sin salida, porque no nos parecemos para nada a lo que dicen los anuncios, los que por supuesto venden “humo” para incitar el consumo.
- La falta de recursos económicos es una gran traba en estas fechas. Nos enfrenta a la carencia, y nos coloca fuera del sistema consumista capitalista. No “pertenecer” incrementa la soledad y la depresión se hace sentir
- Las reuniones familiares agravan los conflictos no resueltos, Muchas personas prefieren aislarse para evitar las habituales peleas de estas reuniones. Sin embargo esta huida no hace desaparecer el conflicto e incrementa la sensación de aislamiento.
¿La depresión navideña es evitable?
La nostalgia por los tiempos mejores no es evitable, pero puede convertirse en un estímulo para actividades que nos alejen de la depresión y la ciclotimia, actividades que nos sirvan para la elaboración de la pérdida. Tenemos que comprender, que todo final conlleva un duelo, es perder algo pero para obtener algo nuevo. Si nos quedamos en la pérdida, nos perdemos a nosotros mismos, con riesgo de caer en la melancolía que es un duelo patológico.
Las personas que ya no están, o los acontecimientos vividos, nos han dejado miles de marcas, símbolos que pueden minimizar la pérdida real. Preguntarse qué cosas aportaba esta persona a estas fiestas, puede dar ideas para que estén presentes en la mesa. Seguramente alguien puede tomar la posta para preparar la torta que hacía la abuela, otro podrá contar las anécdotas graciosas de su vida. También una situación nueva puede servir como trampolín para nuevos pensamientos positivos. Tal vez desde esa perspectiva podamos descubrir que el cambio siempre tiene algo mejor. La clave es encontrar esos momentos especiales pasados para revivirlos con alegría y enfrentar el cambio como oportunidad, no como pérdida. Elaborar un duelo implica tender puentes simbólicos hacia la nueva situación e inventar ritos para soltar el pasado. La navidad es sólo una fecha en el calendario y cada persona le da el significado simbólico que quiere. Construir nuevos significados servirá para aprovechar las fiestas y desconectarse del día a día. Hay que explotar al máximo los recursos con los que se cuenta y no llorar por lo que no hay. Una cena de navidad no necesita manjares caros, como dice Serrat: “un buen manjar puede ser cualquier bocado”. Siempre tenemos la libertad de elegir cómo pasarla bien, teniendo en cuenta nuestras necesidades. Pero si nos aferramos al cumplimiento de costumbres familiares (o a los mandatos de la sociedad de consumo) que nos obligan a agotar nuestras energías en el intento, estaremos predispuestos a no disfrutar de los momentos agradables que puedan depararnos estas festividades, porque siempre nos faltarán “cinco centavos para el peso”.
En síntesis: la depresión navideña no es una patología, es una postura ante la vida. Por ello es evitable. Aprender a elaborar los duelos que implica cada fin de ciclo, nos permitirá plantarnos frente a la vida desde el disfrute y no desde el padecimiento. Pensemos que si re-significamos estas fiestas, estaremos re-significando nuestra forma de vivir y el nuevo año que comience seguramente será un año mejor. Después de todo de eso se trata la vida, de principios y finales. Les deseo a todos que tengan un fin de ciclo elaborado con nuevos sentidos y un inicio del 2012 que se abra con muchas oportunidades a partir de esos nuevos sentidos. Y a festejar la vida…todos los días!!!
Lic. Liliana Paz Mendez
Psicóloga-MN 48359
Clínica de Adolescentes y Adultos
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Acompañamiento terapéutico
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The Beatles “Everywhere It’s Christmas” long version (song only) 1966
Lo que hablamos en sesión y la eficacia del psicoanálisis.
6 noviembre, 2011
En el principio era el Logos, y el Logos era con Dios, y el Logos era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas” (Jn. 1:1-3)
¿Qué hacer con el malestar del paciente? Nos preguntamos los profesionales de la salud. Y pareciera que la opción hoy es bipolar: o la palabra o los fármacos. Falsa postura que desconoce la constitución estructural del hombre: el logos. Entonces, en algunos casos habrá necesidad de fármacos, pero siempre habrá necesidad de hablar sobre el acontecer angustiante. Y este es el poder de la palabra. La palabra está inscripta ahí, en nuestro inconsciente. Recibimos palabras desde el inicio, como recibimos la leche materna. Para el psicoanálisis, como dice Lacan, “Toda palabra llama a una respuesta, aunque sea el silencio, pero siempre la presencia del oyente”. Y la eficacia del psicoanálisis, tiene que ver en parte con el encuentro con el saber que porta nuestro inconsciente a través de la transferencia facilitada con la presencia del analista. Todo en el hombre habla acerca de su ser: Su cuerpo cuando grita de dolor en el síntoma, sus recuerdos infantiles y la novela familiar armada respecto de sus orígenes, pero fundamentalmente habla con la letra singular, cada palabra que aparece ahí, en un momento, y que entre los infinitos sinónimos que tiene la lengua, es elegida especialmente, más aún, a esa palabra le es otorgado un significado singular y único. Entonces, la palabra no es inocente. Puede ser usada para hipnotizar y transmitir ideologías, corrompiendo el valor de la palabra y modelando al sujeto en función de otro. Palabra sugestiva, con función pedagógica, más no palabra terapéutica. O bien la palabra puede ser escuchada por el analista y devuelta al sujeto para que descubra la verdad de su ser, palabra plena y reparadora.
De qué palabra hablamos cuando hablamos de palabra sanadora?. En la era del consumismo, la palabra no escapa del “empuje al fármaco” o del “empuje a contarlo todo”. Hay pastillas para todo, pero también hay psicoterapias para todo. Psicoterapias que generan dependencia del terapeuta, puesto en el lugar de gurú moderno o hechicero sanador. También acumulamos en la biblioteca libros de autoayuda publicitados como poseedores del secreto de la felicidad, algunos con cuadernillos de ejercicios para alcanzarla. Palabras, palabras y más palabras, palabras vacías más no inocuas, cada vez que nos “pican la cabeza” para entregar el bolsillo, como dice una paciente. Pastillitas de felicidad, algunas actuando como placebos, otras con poderosos efectos secundarios (piénsese en las distintas sectas que acabaron en suicidios colectivos). Ninguna de estas palabras puede dar cuenta de la verdad del sujeto: el sujeto está dividido en su relación con la palabra: por un lado la palabra del otro, que presta su materialidad su inconsciente, y por el otro, la palabra propia, marcada en el cuerpo y por ello imposibilitada de decir ¿quién soy?.
La clínica nos muestra esta división, por ejemplo cuando el paciente dice más de lo que cree estar diciendo (en un sueño chiste, fallido, o en un lapsus); o cuando testimonia de su esfuerzo para encontrar palabras que nombren su malestar (o para negarlas). Un saber del que no se quiere saber nada, excepto cuando la angustia se vuelve insoportable.
Por ello en un psicoanálisis buscamos que el malestar puede formalizarse bajo la forma del discurso, en el que el sujeto toma lugar, toma posición respecto de sus palabras. El sujeto es activo. Decide si se hace cargo o no de lo que escucha de su inconsciente. Sólo la palabra del inconsciente del paciente está en juego, lo contrario es adoctrinamiento (el psicoanalista no da consejos). Les daré un ejemplo acerca de lo que quiero decir con tomar posición de la palabra propia: Luego de varias visitas fallidas (anula, llega tarde, no le avisan) recibo a una mujer que dice “quiero estar bien; ser feliz”. Formula una larga queja de su situación familiar, nefasta e insoportable a la que acusa como responsable de su estado depresivo. Esta situación se mantiene desde hace años. Le pregunto si pidió ayuda anteriormente y me explica que una vez le recetaron ansiolíticos, pero ella no los tomó y acudió a un Counselor Psicológico. Él le dijo que tenía que separarse y que la podría ayudar, pero ella dejó de ir porque no quiere “saber nada”, no quiere “complicaciones”. Al terminar la sesión le digo que puede volver, “si en algún momento quiere saber algo de eso” de lo que no podía separarse. Como verán la demanda es “decime que hacer, para que todo cambie sin cambiar nada”, pero la verdad es que son pacientes que van a contar siempre lo mismo, y nunca van a hacer nada. Y también es cierto que el analista ayudará a que la verdad del paciente se escuche, pero que no es quien para decir que hacer (y esto a algunos pacientes no les gusta). Muchos pacientes son reticentes a desprenderse de sus síntomas, y por ende, reacios a la cura. Porque todo síntoma si bien encierra un sufrimiento, depara una satisfacción inconsciente, de la que el sujeto no se desprende fácilmente. Entonces no necesariamente el “hablar” es terapéutico por sí mismo. Contar palabras en sesión no es lo mismo que hacerse cargo de las propias palabras (saber inconsciente) y hacer algo al respecto.
Y entonces cuál es la eficacia de la palabra en un psicoanálisis?
Como veíamos, la manifestación de un síntoma, puede convocar diferentes respuestas y vías de abordaje (fármacos, terapia, psicoterapia, psicoanálisis).
El abordaje por la palabra en psicoanálisis se diferencia de otros abordajes, ya que supone ciertas condiciones, algunas del lado del analista, otras del lado del paciente.
Del lado del analista, éste ha de estar en disposición de escuchar y de dar fe acerca de la verdad del inconsciente, habilitando y sosteneniendo un espacio para que el paciente pueda elaborar una respuesta a su malestar y vencer sus resistencias.
Del lado del paciente, encontramos que para que haya síntoma es necesario creer en él. Esto implica en primer lugar que el paciente acepte la verdad que porta su inconsciente y en segundo lugar que le suponga al síntoma un sentido a descifrar, sentido que le concierne íntimamente. Porque a veces el síntoma es del otro (la familia, los vecinos, etc) que señala que algo no funciona sin que el sujeto lo tome como algo que en él no va bien, o que quiera cambiar. En otras ocasiones puede ser el propio sujeto quien manifiesta un malestar, pero como veíamos en el ejemplo, sin que esté dispuesto a hacerse cargo de ese malestar y abandonar la satisfacción en el sufrimiento. El abordaje por la palabra en psicoanálisis, requiere entonces ciertas condiciones que lo hacen posible, y que, al mismo tiempo, señalan los límites de su alcance. Porque cuando hablamos de hacerse cargo de la palabra inconsciente, de lo que hablamos es de dar un consentimiento (decir “sí, quiero”) a suponerle una causalidad psíquica, a suponer que más allá del síntoma como disfunción y malestar, hay algo en ello que le concierne y de lo que hasta el momento no ha querido saber nada. Por eso el psicoanálisis no es para todo el mundo, en el fondo cuesta aceptar que hay que bancar enterarse que uno tuvo que ver en la producción del síntoma, aunque la buena noticia sea que, por la misma razón, se tiene todo el poder para modificarlo ya que no depende de otro.
En síntesis: hay palabras poderosas, hay palabras cobardes y hay también palabras sugestivas. La clínica nos muestra que la palabra dicha tiene efectos y que de ella depende la eficacia del psicoanálisis. Se trata de un poder que toma su fuerza del lugar que el profesional ocupa en la transferencia y del uso discrecional que haga de este poder. El acto de palabra bajo estas coordenadas puede abrir una nueva dimensión del tiempo para que el paciente se haga responsable (responda) por sí y salga del goce en el dolor. Se trata de un tiempo y espacio subjetivo, para el duelo por lo que se fue y por lo que nunca podrá ser, para la pregunta acerca del ser, para la elaboración de la propia historia y para el renacimiento del deseo. Esta es la eficacia del psicoanálisis: construir un tiempo y un espacio de palabras poderosas, engarzadas en el cuerpo, para que el sujeto pueda identificarse a su síntoma, y convertirlo en el hilo de Ariadna que le otorgue una salida al laberinto.
Nota: No sabía si incluir esta cita como epígrafe o al final del texto, así es que se las incluyo como palabras finales para nuevos inicios. Espero les sirva para repensar un análisis.
“Ahora bien, toda palabra llama a una respuesta…no hay palabra sin respuesta, incluso si no encuentra más que el silencio, con tal de que tenga un oyente, y que éste es el meollo de su función en el análisis…El inconsciente es ese capítulo de mi historia que está marcado por un blanco u ocupado por un embuste: es el capítulo censurado. pero la verdad, puede volverse a encontrar; lo más a menudo ya está en otra parte. A saber: – En los monumentos: Y esto es mi cuerpo, es decir, el núcleo histérico de la neurosis donde el síntoma histérico muestra la estructura de un lenguaje (…) – En los documentos de archivos: son lo recuerdos de mi infancia, impenetrables tanto como ellos cuando no conozco su proveniencia. – En la evolución semántica: y esto responde al stock y a las acepciones del vocabulario que me es particular, como al estilo de mi vida y a mi carácter. – En la tradición también, y aún en las leyendas que bajo una forma heroificada vehiculan mi historia. – En los rastros que conservan inevitablemente las distorsiones, necesitadas para la conexión del capítulo adulterado con los capítulos que lo enmarcan, y cuyo sentido restablecerá mi exégesis.” Jacques Lacan Escritos I
Lic. Liliana Paz Mendez
Miedo a la libertad. La encrucijada del deseo
4 octubre, 2011
“Uds. se preguntarán si la experiencia de la libertad no se vuelve insostenible. La experiencia de la libertad se vuelve insostenible en la medida en que no se logra hacer nada con esa libertad. ¡Por qué queremos la libertad? Primero, la queremos, ciertamente por ella misma: pero también para poder hacer cosas. Si no se puede, si no se quiere hacer nada, esa libertad se convierte en la pura figura del vacío. Horrorizado ante ese vacío, el hombre contemporáneo se refugia rellenando laboriosamente sus “ratos libres, en una rutina cada vez más competitiva y acelerada. Al mismo tiempo la experiencia de la libertad es indisociable de la experiencia de la mortalidad. Un ser –individuo o sociedad- no puede ser autónomo si no ha aceptado su mortalidad.” El avance de la insignificancia- Cornelius Castoriadis-Psicoanalista
La libertad es un acto de desobediencia. Por ello, cada vez que rompemos los lazos con aquello que nos ataba a una tradición nos encontramos solos y atemorizados; al decidir perdemos momentáneamente la identidad que fue construida al hilo de una vieja atadura. Para superar el terror resultante de esa pérdida a veces nos vemos obligado a la conformidad más estricta, a buscar la identidad en el reconocimiento y la aprobación por parte de los demás. En buen criollo: necesidad de “ser amado” que se constituye en una trampa a nuestro deseo. Un ser que al “ser amado” pierde automáticamente su posibilidad de construir subjetividad.
El problema de la libertad es un problema dialéctico entre la negación y la afirmación, que son necesarias ante cada elección y decisión en nuestras vidas. La relación con nosotros mismos y la relación con los otros, traza límites difusos entre el ser para mí y el ser para o por los otros. Cuánto de lo que soy depende de mi autoafirmación y cuánto depende de la negación que me impone la cultura y la sociedad para dejar de ser lo que soy y pasar a ser otro?.
Como señala Jaques Lacan, ser un sujeto significa estar sujetado. Sujetado
al deseo, a la necesidad, al pasado, a la exigencia de proyectarse al futuro; cómo liberarnos de lo que nos sujeta, porque lo que sujeta también nos sostiene?: esta es la ambigüedad de la libertad.
Por ello la libertad siempre es riesgo, en razón de la difícil tensión entre sometimiento y soledad. Traslademos el problema de la libertad a los animales, supuestamente libres. Nos daremos cuenta del nivel de subordinación que les impone su naturaleza. Es el hombre el único capaz de obtener niveles de libertad impensados, ya que puede modificar no sólo el entorno y crear su propio hábitat, sino también modificarse a sí mismo. En razón de ello el deseo de libertad, inevitablemente ligado al miedo a lo desconocido, no es en sí mismo una característica estructural del hombre sino el efecto de un reconocimiento del vacío que se opone del otro lado (no todo se puede, la muerte como destino final) y que da cuenta de las posibilidades de autorrealización y sus límites.
Una vez escuché este cuento sufí: Un pajarito volador es adoptado por un ave que no sabe volar, y como es de esperar, a medida que el pajarito crece, también crecen sus alas. Luego de algún tiempo, una bandada de pájaros de su misma especie pasa por el pueblo donde habita. Su madre adoptiva cavila: “Si supiera volar, le enseñaría a mi hijo a hacerlo y lo vería retozar en el cielo con sus iguales”. Es interesante reflexionar que mientras, por su lado, el pajarito piensa: “Si mi madre, que es tan sabia, aún no me ha enseñado a volar, es porque no debe haber llegado mi tiempo de hacerlo”, la madre somete a sus propios límites, su deseo de que el pajarito despliegue sus alas. ¿Es el deseo materno que el pajarito vuele? Sin duda, pero no ha sido formulado ni en lenguaje (apertura de la posibilidad a través del pensamiento) ni en acto. Pese a ello el hijo, que confía en la sabiduría y bondad maternas, no duda respecto a este deseo de libertad que atribuye a su madre. Si sospechamos que mamá-ave pueda temer que el pajarito vuele, es no sólo porque mediante el vuelo la diferencia entre el pajarito y su madre se haría evidente sino porque de ese modo el pajarito se alejaría de ella. Pero alcanza con que este deseo de deseo (por la libertad) de la madre se presentifique para que el ave-hijo tenga la posibilidad de jugarse por ese deseo (aunque su madre no sepa volar). Que su madre-ave, se juegue por sus propios deseos es todo lo que un pájaro-hijo necesita para desplegar sus propias alas y levantar vuelo. Por eso la libertad es impensable sin representación de futuro y sin los limites que demarcan la diferencia entre yo y el otro y que despliegan las reales posibilidades de ejercicio de la libertad.
Estamos “condenados a ser libres” como afirmaba el filósofo existencialista J. P. Sartre y por ello no podemos escapar al designio existencial de elegir entre una u otra opción, y esa elección será nuestra responsabilidad de pararnos en el mundo y frente a él de manera única e irrepetible. Hablar de la libertad es comprometerse de entrada con lo Otro de la libertad, que no se es libre en el sentido estricto de cambiar el mundo exterior sino en el mucho más complejo de estar separado de lo Otro (y de asumir la diferencia en la acción). Separase es el movimiento necesario para des-sujetarse del Otro de la cultura. Esta es la verdadera vocación de subjetividad, libertad no significa hacer cualquier cosa. Es eso y sólo eso: o elegir asumir la diferencia o la cobarde indiferencia de las mullidas posaderas neuróticas. ¿Qué importa que Edipo en Colono se arranque los ojos, dando prueba de que no se puede ver eso que nos aliena a lo Otro y nos divide como sujetos, si no hace algo con ese saber? De algún modo en ese saber se abre una “nada” entre sus órbitas, nada que nadie podrá sacarle, ya que esa nada es libertad inevitable, que nos separa del mundo y hace de nosotros un sujeto libre de hacer algo con eso.
La falacia del empirismo conductista es suponer un sujeto que tiene siempre la posibilidad de adaptarse y que ello constituye su margen de libertad. El sujeto es efecto del lenguaje, nace en una cultura determinada y ni siquiera puede elegir su nombre. Pero esto no significa que se tenga que definir como simple pieza de una maquinaria simbólica estructural adaptable a los requerimientos de su cultura. Por el contrario, el sujeto es allí lo que falla, lo que no responde, lo imprevisible e incalculable. De nuestra posición de sujeto somos siempre responsables. El hombre no es nada, sino la disposición permanente de elegir y revocar lo que quiere llegar a ser. Nada nos determina a ser tal o cual cosa, ni desde fuera ni desde dentro de nosotros mismos, siempre estamos abiertos a transformarnos o cambiar de camino. Siempre se es libre ” dentro de un estado de cosas y frente a ese estado de cosas”. La libertad humana es la vocación de negar todo lo que nos rodea en la realidad y de proyectar otra realidad alternativa (posible y compartible/ofertable a otros) a partir de nuestros deseos y pasiones libremente asumidos. Podemos fracasar en el intento –de hecho siempre fracasamos-, siempre nos estrellamos de alguna manera contra lo real, “el hombre es una pasión inútil”- pero no podemos dejar de intentarlo ni renunciar a tal empeño.
Ahora bien queremos la libertad. Libertad para qué:? Para qué sirve la
libertad? Para hacernos cargo de nuestro deseo. Libertad para crecer, para desarrollarse y expresar al ser en toda su extensión y diferencia. Por el hecho de ser mortales (y darnos cuenta de ello), la vida se vuelve una auténtica aventura creativa. Asumamos pues (y disfrutemos el intento) de la búsqueda de la libertad como síntesis dialéctica de nuestras pulsiones y las imposiciones sociales, en un acto creador único y diferente, libre y responsable. Lo contrario es el triunfo del miedo ante la angustia de aquello que siempre será desconocido y sin garantías: la puesta en acto de nuestros deseos en la finitud de nuestro tiempo.
Lic. Liliana Paz Mendez
Andrés Calamaro “Presos de nuestra libertad”
Miedo a triunfar (pánico escénico): la claudicación del deseo
1 septiembre, 2011
La labor psicoanalítica nos ha descubierto el principio siguiente: los hombres, enferman de neurosis a consecuencia de la privación. Entendiendo por tal la privación de la satisfacción de sus deseos libidinosos…[para] la génesis de la neurosis es necesario que exista un conflicto entre los deseos libidinosos de un hombre y aquella parte de su ser que denominamos su yo, el cual es la expresión de sus instintos de conservación e integra su ideal de su propia personalidad…Así, pues, quedamos sorprendidos, y hasta desconcertados, cuando en nuestra práctica médica descubrimos que hay también quien enferma precisamente cuando se le ha cumplido un deseo profundamente fundado y largamente acariciado.
Sigmund Freud “Los que fracasan al triunfar”
El público se hace escuchar. Mientras se acerca al escenario, las manos le sudan y una vergüenza incontrolable se mezcla con una gran dosis de ansiedad, autoexigencia, impotencia y miedo a que se abra el telón. Otro ataque de pánico escénico puso su mente en blanco en el momento menos indicado. Es el mismo pánico que se presenta al momento de enfrentar una cita, una entrevista laboral, rendir un exámen o dar una clase.
Si bien se escucha “pánico escénico” en el ambiente artístico, este fenómeno es una experiencia universal del hombre, cuando se enfrenta a una situación nueva, en la que se le juega (desde su imaginario) “el todo por el todo”.
El pánico escénico es una experiencia de inhibición psicológica que perturba la posibilidad de desempeñarse en el rol que se está ejecutando cuando aparece un tercero que observa el desempeño. La mirada del otro actúa como elemento disparador de la evaluación que se hace de sí mismo. Se despierta el evaluador crítico interior que descalifica y desvaloriza la acción. No es posible apoyarse en el propio juicio, sólo queda el temor de que al otro no le guste lo que haga. O sea miedo al propio triunfo, o más correctamente: al triunfo de lo propio.
Es parte del desarrollo, que los juicios de las personas relevantes de la infancia se interioricen como ley. Sin embargo, si estos juicios se erigen como mandatos todopoderosos, no hay posibilidad alguna de que el YO pueda satisfacerlos. Ya no es un diálogo interno equilibrado que reconoce el error y aprende de él, sino una autoexigencia imposible que es vivida como un castigo permanente y como una descalificación del sí mismo. Este es el evaluador interno inmaduro que genera el miedo paralizante, inhibiciones permanentes para huir del castigo interior, que se manifiestan en los síntomas incontrolables del pánico escénico.
¿Cuáles son estos síntomas que activan señales de alarma para incomodarnos a último momento? Irónicamente, el pánico escénico arremete contra aquello que más vamos a necesitar, como la voz, las manos, las piernas. En todos los casos, se manifiesta en el lugar del cuerpo que más afecta la tarea. Esto se produce por una hiperinervación (activación) de las zonas del cuerpo utilizadas, que tiene la paradoja de producir goce en el dolor. Esta activación del organismo puede aparecer tanto antes (ansiedad) como durante (estrés) y su intensidad varía mucho de una persona a otra y también de una situación a otra aun para la misma persona.
Cuando esta activación fisiológica tiene una intensidad adecuada nos permite disponer de capacidades y recursos de inteligencia, de convicción, de observación, de concentración, etc. que nos ayudan y nos encaminan al cumplimiento de la tarea. Sin embargo, esta activación muchas veces es exagerada y produce temblores en las piernas y brazos, y sudoración exagerada, sequedad en la boca, confusión mental, malestar abdominal, dolores en el pecho o de cabeza, rigidez, incluso parálisis. Estos síntomas, con el tiempo también pueden producir afecciones físicas permanentes, ya que es común encontrar problemas posturales, contracturas, tendinitis, parálisis o nódulos en las cuerdas vocales. Hay que prestar atención a dichas sensaciones displacenteras, por pequeñas que sean. Son una señal de aviso de que la libido que debería ponerse en la tarea, ha empezado a satisfacerse (dolorosamente) en el síntoma. Ignorarlas, anestesiarlas o menospreciarlas agravará la situación. El miedo ignorado grita cada vez más fuerte para ser escuchado y aparecerán síntomas físicos más complejos y agravados.
Las causas del pánico:
Generalmente, “el salir a escena”, nos remonta a otras escenas que fueron traumáticas en nuestra vida, aunque en su momento no fueron vividas como tales. Esas escenas han quedado reprimidas y la ocasión posibilita que vuelvan a teatralizarse. Son situaciones donde el sujeto se sintió humillado, expuesto, burlado, con miedo, inseguro. Obviamente en esa época el Yo no podía tener control de la situación, por la disparidad de roles con los adultos. Esta información queda gradaba en el cuerpo y en el inconsciente. Cuando se está ante una situación que revive esa situación, el cuerpo re- experimenta las mismas emociones.
Ante el pánico escénico qué hacer: Éxito y fracaso esos grandes embaucadores.
No podemos modificar el pasado. Lo vivido ya fue. Tampoco sirve sobreexigirse en el momento de actuar, ya que sería tirar más leña al fuego. Por ello, la consulta con un profesional es el camino indicado para rastrear las causas del síntoma en el “mientras tanto”. Servirá para ejecutar uno (o varios) ensayos para “recrear” la obra de nuestra vida y cambiar el guión. Todas las familias cuentan con su propia “novela familiar”. Cada sujeto ha sido “nombrado” de determinada manera y ha asumido el rol que la novela familiar dispuso para él. Por ello, el sujeto deberá actuar activamente en la reescritura de dicha novela. Historizar e historizarse para autorizarse en un rol distinto al que le habían deparado los mandatos familiares. Esos roles asignados fueron importantes para el desarrollo, porque asignaron un lugar en el deseo de los padres y en la historia familiar. Pero en la adultez, se vuelven caducos. Sostenerlos implica una poderosa carga que hace “sudar la gota gorda” para estar a la altura de las circunstancias (impuestas por los otros). Escuchar esas voces y confrontarlas con el propio deseo es el camino adecuado para superar las propias inhibiciones. En este proceso es conveniente buscar un “crítico benévolo” para que mire nuestra actuación. Deberán ser críticos constructivos frente a los cuales ensayar nuestra obra, hasta lograr el punto justo en que nos sintamos cómodos con su ejecución.
Por último, no debemos menospreciar la presión de un mandato particular de nuestro tiempo: el éxito a toda costa. Este exitismo es un tirano que redobla las voces superyoicas que se agitan en nuestro interior para hacernos gozar en la impotencia. Cuestionemos pues, éxito y fracaso. Ambos son un todo-todo o todo-nada, pero todo al fin. Por ello, para la vida, como para el arte, vale la máxima de Van Der Rohe: menos es más Como sabemos la vida es finita, todo no se puede. Pequeños logros son mejores que “la actuación de mi vida”, donde se juega el todo por el todo. Cantemos con Joan Manuel Serrat: “uno es sólo lo que es y anda siempre con lo puesto”. Y si “nunca es triste la verdad…”, nuestros síntomas tienen remedio: hagamos con lo puesto el camino para el logro de nuestros deseos más personales. El arte, como el espacio psicoanalítico posibilitan ese lugar creador donde poder ensayar la vida de otra manera.
Lic. Liliana Paz Mendez
Psicóloga-MN 48359
Clínica de Adolescentes y Adultos
Orientación Vocacional y Ocupacional
Acompañamiento terapéutico
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Soy Sinceramente tuyo por Joan Manuel Serrat
(Des) Amor sin límites: la imposibilidad de decir no
1 agosto, 2011
“Lo que está descubierto requiere la vista, lo que está oscuro requiere el saber” Cábala.
Al lector desprevenido le anticipo que este escrito es una apología del límite, un festejo de la interrelación de lo diverso. Por que NO, antes que papá y mamá es la primera palabra que aprenden los bebés para diferenciarse.
Un límite es un No para el otro, porque ya lo fue para uno mismo. No: es el último acto de dignidad. Es un “No, basta!, he llegado a mi límite”. Ese No no es una negación del pasado, es una afirmación del futuro. Porque sólo quien sabe decir No, puede decir un Sí comprometido y confiado.
No poner límites es una manera de desamparo, de abandono. Es bajar los brazos ante una situación caótica que seguramente no fue delimitada amorosamente por quien debió hacerlo en el pasado, ya sea que se colocaran límites muy laxos, casi borrosos o bien límites autoritarios (límites que no se aplican a quien los pone). Poner límites es una actividad principalmente negativa, significa delimitar algo, significa: “si querés ser parte de esta familia hay un conjuntos de “no” que no se pueden violar”. Significa marcar la cancha, el juego de la convivencia cotidiana se da dentro de estos espacios, fuera NO. Pero el juego lo jugamos todos en ese contexto, porque si alguno se sale es un transgresor, alguien que se queda solo y desolado, por que la verdad es que si no existieran las prohibiciones, no habría incentivo suficiente para jugar. Porque jugar fuera de la cancha, transgredir, lo hace cualquiera. Pero hacer gambeta dentro de la cancha y jugar el propio juego saliendo victorioso, es más difícil…y más divertido y desafiante. Tiene una clase de adrenalina cuya dosis es la adecuada, impulsa en la vida sin pagar costos, lo contrario es la enfermedad: adicciones, depresiones, obsesiones, inhibiciones e impotencia y sometimiento. Y en la enfermedad nadie gana, ni el que somete ni el que es sometido, ni el que se queda desamparado fuera de la cancha.
Poner límites significa no lo sé todo, no puedo todo, te necesito conmigo. La no puesta de límites genera actings (acciones transgresoras) que son un llamado de atención hacia ese otro que parece ser indiferente en delimitar una cancha donde el juego se juegue con el otro y no sin el otro. El efecto pacificante no está en el texto del límite (el contenido no importa tanto) sino en el deseo que da lugar a otro deseo de jugar juntos. Deseo y ley conforman un nudo enigmático. Desde allí debemos pensar que la ley pueda funcionar encarnada en alguien que se compromete al aplicarla auténticamente y no como mera palabra. La ley en el plano simbólico es palabra vacía, pero en su borde real es voz deseante y comprometida que sostiene la palabra en la “puesta de límites” para seguir apostando a la vida.
Un límite también marca la separación y la diferencia. Delimita la necesidad del ser humano de diferenciarse y de tener un espacio propio. Hay un reconocimiento de lo diferente, hay un otro ahí, siendo, en esta diferencia. Es la respuesta al “Ser o no Ser”
Es “oxigeno” para cualquier relación, porque sólo desde la diferencia puede establecerse un proyecto conjunto, porque si el otro es mi espejo, para qué lo necesito?.
El límite también es la marca que hace un corte a la angustia del vacío existencial. Ya no todo es vacío. Hay un significado posible, que tiene la ventaja de ser compartido y por lo tanto facilita el encuentro. En el desierto todos estamos perdidos.
Ciertamente, quien marca límites es la cultura, que define como se determinan o consiguen esos espacios. Pero además, hay que considerar el aspecto vital para el ser humano, de desarrollarse (libremente) dentro de esta marcación de espacios. Es decir hacerse responsable de su propia vida, sin someterse a los designios de la cultura de su tiempo (en buen criollo, encontrar posibilidades dentro de lo permitido). Pero también el límite separa a los hijos de los padres, no sólo de los mandatos culturales. Los hijos tienen sus propias tierras, sus propias posesiones, fundan su propia familia. Se construyen historias distintas.
El límite confirma a los padres en un lugar necesario, el lugar de la castración, de la muerte, rompiendo con toda omnipotencia sobre el propio espacio y sobre el espacio del otro. Un lugar de (y entre) mortales.
Cuando los espacios y los límites se marcan con confianza y seguridad se reivindica el valor de la palabra, se reivindica el amor. Desde allí límites no es autoritarismo sino oposición constructiva, de una significación posible para el conflicto y una solución “ganar/ganar” para ambas partes. El abuso, resta. Las necesidades del otro se imponen en perjuicio propio. La oposición constructiva, suma. La visión opuesta y alternativa del otro enriquece la visión propia. En el ideal de negociación se acepta la dependencia recíproca y se alcanzan consensos que recogen las necesidades de ambas partes. Esto requiere dos capacidades paradójicas y propias de una aparato psíquico sano. Por una parte, se necesita la valentía de poner en juego las propias necesidades resistiendo toda clase de miedos a la reacción vengativa del otro. Y por otra parte, es preciso aprender a ceder en el sentido abandonarse en los brazos del otro. Esta es la diferencia entre ceder y someterse. Mientras que someterse es una perversión, ceder implica una ampliación de nuestra conciencia y una apertura a la alteridad, gracias a la experiencia de vivir una situación desde la subjetividad del otro.
El límite no es un corte, es un cosido, un entramado. Se trata de una operación cuya finalidad es una reunión de lo diferente, como cuando se fusionan dos ritmos musicales. El límite es como el juego, porque otorga un significado. Sin juego no hay límite y de hecho para el niño no hay mejor ingreso al límite que a través del jugar, por eso lo practica en tantos juegos que le están dedicados. Lo único creativo que podemos hacer con la violencia del no límite es jugarla, lo cual ahorra todo lo posible reprimirla, operación ésta por su parte no eliminable pero de limitada eficacia. El límite es también decir NO a la novela familiar, para desplegar la historia propia. Lo mismo es decir NO a las exigencias de la sociedad de consumo, que avanzan para manipular al sujeto.
En síntesis: un límite es una construcción, un entretejido entre-dos. La falta de límite es la auténtica muralla que nos separa del otro, cuyo límite es traicionarse en el deseo para poder seguir siendo (mal) querido.
Lic. Liliana Paz Mendez
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“La creatividad es, pues, la conservación durante toda la vida de algo que en rigor pertenece a la experiencia infantil: la capacidad de crear el mundo.”
Donald Winnicott. Psicoanalista
El descanso es importante porque otorga un cierto sentido al hecho de trabajar. Es esencial destacar que se puede vivir ayunando varias semanas y algunos días sin tomar agua, pero sin dormir, sin descansar, una persona no soporta más de tres días. Si no hay descanso mental, aparece la enfermedad. Pueden sobrevenir consecuencias tanto físicas como psíquicas: La persona que no descansa, lo primero que tiene es cansancio, pero también pueden aparecer patologías de origen psicógeno, como la neurosis de angustia o alguna afección psicosomática. También el tan temido estrés laboral (burnout)
Ante este panorama, uno tiene que aprender a prestar atención a su cuerpo. Nunca deben dejarse de atender las señales que emite el organismo. Si alguien siente que no da más, tiene que hacer un paréntesis, aunque tampoco es necesario armar las valijas e irse de viaje. Lo esencial es reposar, más que pensar que hacer, es ser siendo. Para muchos no es fácil relajarse, ya que suponen que el ocio es sinónimo de holgazanería.
Pero al “recreo” se lo puede situar desde dos perspectivas. En la antigua Grecia se apelaba a la vida contemplativa como una segunda vertiente del trabajo físico. Pero desde la mirada romana, al ocio se lo relacionaba con ‘el no hacer’, estrechamente ligado a la vagancia. Y nuestra cultura heredó esta última representación. Ni lo uno ni lo otro. La idea es poder ubicar el descanso en el marco de un espacio donde rompemos con lo cotidiano de la vida para poder lograr un ocio creativo, más parecido a la metodología griega.
Un aporte esencial para desentrañar algunas incógnitas del ser humano, es el concepto de una tercera área de experiencia (ni interna ni externa), desarrollado p0r el psicoanalista Donald Winnicott. Esta área genera un espacio potencial creativo, como un área transicional, en la cual el ser humano puede “jugar”, experimentando el placer de ir recreando sus deseos. Este espacio virtual se desarrolla desde los primeros meses de vida, donde el juego produce una zona de experiencia individual única. Vivir creativamente implica conservar ese núcleo de “juego” intacto, no sometido a lo establecido por los demás.
Es esa área la que puede estar empobrecida, si el ocio creativo no se ha estimulado. Por el contrario, el respeto por el espacio transicional, hará que el “ruido cotidiano” se haga música, y las palabras poesía. En ella se cargarán los deseos propios, los cuales uno no tiene el derecho a imponer a nadie y es la que permite apropiarse de la “melodía” del otro y de la cultura para recrearla y tener una mirada original sobre el mundo. El ocio se convierte así en una actividad “autotélica”, es decir una actividad sin otra finalidad que ser ella misma la que confiere a nuestra especie su especificidad. Se trata del tiempo re-creativo por excelencia, el tiempo de las artes, de la contemplación y la creatividad. Porque no todo empleo del tiempo libre es ocioso, en la medida en que el ocio supone el ejercicio de una capacidad que no tiene una finalidad instrumental prefijada, y que, en principio, resulta ajena a cualquier beneficio material inmediato. Lo contrario es “hacer escuela” del tiempo libre, organizándolo con actividades y horarios prefijados.
La sociedad hoy, dispara contra el ocio porque implicaría ir en contra de los niveles de rendimiento en el trabajo, exigidos para sostener el consumo de artefactos y servicios superfluos. El ocio es una ganancia pura para el sujeto y el sistema no permite más que su propia ganancia. Ocurre que desde que hace aproximadamente 20 años la innovación digital se ha instalado de manera masiva, la computadora, el e-mail, el teléfono celular, el chat, el mp3, los video juegos, etc. forman parte de nuestro paisaje cotidiano. La telecomunicación nos mantiene efectivamente comunicados a distancia, algo que incide positivamente en nuestra productividad, vale decir, la capacidad de hacer muchísimas cosas en poquísimo tiempo, así como en las modalidades que adoptan nuestras formas de esparcimiento. Al punto que la frontera que separa ambos dominios, el de la producción y el del esparcimiento, se adelgaza imperceptiblemente hasta hacerse apenas reconocible. Podemos planificar desde la playa, enviar informes, hacer inversiones, comunicarnos con la otra punta del planeta, mantenernos al tanto del día a día de nuestra empresa, cuando no, más crudamente, vigilarla en tiempo real por medio de videocámaras conectadas a un monitor a través de Internet. La consigna es “Trabaje desde su casa, desde la quinta o el country, trabaje desde el auto, desde la sierra o el mar, trabaje desde donde quiera … ¡pero no deje nunca de trabajar!”. Entonces recrearse deja de ser re-crear(se) para convertirse en una actividad más que repite el modelo laboral, es decir mero entretenimiento.
Por fuera del “empuje a trabajar” alienante, el tiempo del espacio psicoanalítico se inscribe en el campo de ejercicio del ocio en su sentido clásico de actividad creadora, o sea dentro del espacio transicional. Algo bueno de recordar en una época en la que, el mercado, parece reservar esa potencialidad de creación sólo a algunos especialistas, profesionales que, precisamente, se designan a sí mismos, en su trabajo y no en su ocio, como “creativos”. Paralelamente se intenta eliminar al psicoanálisis, a través de la promoción de psicoterapias que propugnan una cura rápida de entrenamiento para ser feliz. También el arte es atacado por el mercado, porque el arte, en cualquiera de sus manifestaciones, permite el desarrollo de ese espacio transicional, creador de nuevos mundos y un goce particular sin adicciones ni costo, donde el sujeto no esté constreñido por el afuera, ni por los propios mandatos recibidos. Los invito entonces a potenciar y disfrutar el espacio de ocio creativo propio, para lograr una vida más plena y sin lugar a dudas más libre y creativa.
Les dejo algunas ideas para poder llegar a posicionarse en el espacio creativo. Seguramente con su ocio creador activado podrán generar otras, las propias e inspiradoras:
- Cambiar hábitos y rutinas, revisando su necesidad y a quien benefician.
- Desconectarse de PC’s, celulares y cualquier otra “tentación” tecnológica.
- Elegir lugares abiertos e inspiradores. Si no es posible, armarse un espacio propio donde sentirse cómodo.
- Permitirse momentos de ocio con regularidad (preferentemente un mínimo de una hora por día) y “minivacaciones ociosas” los fines de semana
- No planificar el ocio. Lo ideal es hacer las cosas cuando uno tiene ganas. Eliminar el “tengo que” La única norma es permitirse esos momentos todos los días.
- No atarse a las “obligaciones” que imponen los demás. En todo caso dos personas o más disfrutan su propio ocio en conjunto. Es algo así como una “improvisación” entre distintos instrumentos, sin director de orquesta. Es como hacer “malabarismos al azar” sin necesidad de estar de acuerdo.
- Descansar lo suficiente sin sentirse culpable, eso implica no llenarse de “actividades”. El ocio creativo es lo contrario a una agenda de actividades de entretenimiento.
- Descubrir aficiones que están abandonadas por ” inútiles”. Aprender a descansar es un arte y el ocio retrata lo más genuino de uno mismo.
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“Si uno aboga a todo trance a favor de una renuncia al deseo y una aceptación del destino, tiene que poder soportar sus perjuicios.” Sigmund Freud. El porvenir de una ilusión
“El orden es una suerte de compulsión de repetición, que una vez instituida, decide cuándo, dónde y cómo algo debe ser hecho…La libertad individual no es un patrimonio de la cultura” Sigmund Freud. El malestar en la cultura
Los medios de comunicación participan fuertemente de los procesos de ideologización y construcción de la realidad. Los medios de comunicación no son tales, sino medios de difusión de la ideología dominante desde una perspectiva vertical. Los medios son “sujetadores” es decir “sujetan” al hombre a través de supuestas verdades sobre lo que lo humano y su realidad. Convivimos con los medios masivos de difusión, desde el inicio de nuestras vidas. El televisor es un aparato receptor que ya forma parte de la ecología familiar y otras tecnologías se incorporan permanentemente al mundo electrónico en sus diversas formas (juegos, internet, etc.), lo que refuerza el peso tanto de su poder como el de unos contenidos que penetran a niveles inconcientes, colonizando nuestra subjetividad. Es importante destacar que tal penetración no pasa sustancialmente por los criticados mensajes subliminales (vía la percepción), sino por las significaciones (el contenido) de la infinita cantidad de mensajes que los sujetos reciben cotidianamente. Los medios son actualmente una verdadera “escuela” para la estructuración de la subjetividad. Desde la perspectiva psicoanalítica, vemos su aporte a la conformación del Aparato Psíquico: la construcción del principio de realidad , que dirigirá nuestras acciones. Ofrecen constantes y múltiples modelos identificatorios para la constitución del Yo y definen las voces superyoicas que medirán al Yo según estos modelos, para dirigirlo con premios y castigos. Los medios informativos son el lugar donde se produce y se reproduce nuestra realidad.
“Consumimos” realidad en los medios. El sujeto se aliena luego a esta visión distorsionada del mundo. Por que otra razón sino, es que el grupo monopólico comunicativo de nuestro país se expande eliminando todo tipo de competencia, evadiendo a la justicia? La construcción de la realidad por los medios es el nuevo poder de dominación y esclavización del hombre. Ya no son necesarios ejércitos ni instituciones de control como la escuela, la familia y la Iglesia. No es ninguna novedad que los acontecimientos (políticos, sociales, económicos, deportivos, etc.) muchas veces “no existen”, o pierden importancia y trascendencia. (“la realidad se puede tapar o se puede (construir) hacer tapa de diario o de una pantalla”).
Los medios fijan “agenda”, es decir los temas a prestar atención o a ser minimizados. La gente tiende a incluir o a excluir de sus propios conocimientos lo que los medios incluyen o excluyen de su propio contenido. El pensamiento y la conducta de los hombres estará basada en esa idea de realidad.: Un Yo desconocedor del verdadero sentido de la realidad, actuará de manera poco eficiente para modificar lo que se pretende que no se modifique, o buscará cambiar aquello que se le muestra que no debe permanecer como está. La falta de juicio crítico es nuestra propia trampa para la dominación. Esta es la paradoja en momentos de un tremendo auge de (des)información en prácticamente todo el mundo. Alcanza con una sola muestra: el asesinato de Bin Laden, construido por una simulación por computadora. En este sentido la aparente oferta informativa, produce el muy conocido efecto boomerang de “saturar” a los receptores e incluso de insensibilizarlos. La trans-misión de la realidad tiene el objetivo (misión) de cargarnos de determinadas significaciones y valores indispensables para nuestro sujetamiento a la ideología imperante, más allá de nuestra voluntad (trans). Todo lo que está fuera es calificado de peligroso, raro o loco. En la medida en que todo sujeto actúa de acuerdo a lo que entiende por “realidad”, es comprensible que se busque que todos o la mayoría de una sociedad compartan la que interesa que se vea como tal a los sectores del poder, sea para mantener la estructura existente o dificultar las transformaciones que atenten contra ella.
Cuál es entonces el margen de libertad de expresión, de expresión del ser, no sólo de expresión de palabras?. Cómo tener (y escuchar) nuestra propia voz subjetiva en un mundo saturado de voces hegemónicas? Cómo liberarnos del determinismo que imponen los nuevos medios de control social? En una palabra: cómo ejercer nuestro margen de libertad?.
La solución es el análisis y la interpretación. Al igual que el espacio de escucha psicoanalítico, debemos “psicoanalizar a los medios”. Analizar porqué y para qué el mass-media, dice eso y ahora. Ver sus contradicciones, desencriptar el texto oculto, los fallidos, que no lo son en absoluto. No hay que quedarse con los titulares de los diarios, ni con los zócalos televisivos. Todo el texto debe ser analizado críticamente. Toda realidad es siempre ficcionada. Una ficción es la acción y el efecto de fingir, es decir de dar existencia a algo que no la tiene en el mundo real. Hay que desentramar el texto hasta desarticularlo en letras sin significación. Sólo así, se podrá construir el propio texto con letra propia. La propia historia individual y colectiva, que siempre puede reescribirse en sintonía con el deseo. Deconstruir la ficción es evitar la fixión (fijación) a las pseudoverdades impuestas y el único camino que nos hará libres.
Lic. Liliana Paz Mendez
25 de Mayo. Liberación o dependencia?
21 mayo, 2011
“Libertad o muerte?. Como es sabido, la libertad, a fin de cuentas, es como la famosa libertad de trabajo por la que luchó, según dicen, la Revolución francesa -puede ser también la libertad de morirse de hambre, y precisamente a eso condujo en el siglo XlX. Por ello, luego, hubo necesidad de revisar ciertos principios. Si eligen la libertad, entonces, es la libertad de morir.” Jacques Lacan “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”
Los eventos de la semana de Mayo de 1810 iniciaron el proceso de constitución del Estado Argentino. Fundados en los ideales dela RevoluciónFrancesa, los patriotas forzaron al Virrey Cisneros a la cesación en el mando del Virreynato. Sin embargo cabe preguntarse acerca de la verdadera liberación de un pueblo y los sujetos que integraron dicho colectivo. Cómo pensar la liberación del sujeto, cuando sólo el 1% de la población (los criollos-españoles comerciantes y el ejército) participó de este movimiento. “El pueblo quiere saber de qué se trata” era el cántico agitado enla Plazade Mayo. De qué pueblo hablamos? Pensemos que los grupos que apoyaron o llevaron adelante la revolución, no eran completamente homogéneos en sus propósitos, y varios tenían intereses dispares entre sí. Los criollos progresistas y los jóvenes, representados en la junta por Moreno, Castelli, Belgrano o Paso, aspiraban a realizar una profunda reforma política, económica y social. Por otro lado, los militares y burócratas, cuyos criterios eran llevados adelante por Saavedra, sólo pretendían una renovación de cargos: aspiraban a desplazar a los españoles del ejercicio exclusivo del poder, pero heredando sus privilegios y atribuciones. Los comerciantes y hacendados subordinaban la cuestión política a las decisiones económicas, especialmente las referidas a la apertura o no del comercio con los ingleses. Finalmente, algunos grupos barajaron posibilidades de reemplazar a la autoridad del Consejo de Regencia por la de Carlota Joaquina de Borbón o por la corona británica, aunque tales proyectos tuvieron escasa repercusión.
Este episodio me hace eco con los cacerolazos enla Argentinadel 2001 y 2002, en los que la consigna era “Que se vayan todos” y que culminó con la renuncia del presidente Fernando dela Rua. Tambiénen el 2008, hubo cacerolazos, esta vez para defender los intereses sectarios del sector agrario. Bajo la consigna “El campo es de todos” se alzaron las voces de los barrios más acomodados dela Ciudadde Buenos Aires. La presidenta Cristina Fernandez los calificó de “piquetes de la abundancia”.
Me surge la siguiente reflexión: Se puede hablar de liberación de un pueblo cuando se alza sólo la voz de grupos movidos por intereses económicos, o la voz de la alicaída y golpeada clase media, quien sin embargo votó reiteradamente, durante más de una década a políticos que aplicaron las recetas económicas que llevaron al país a cifras récord de pobreza y desocupación. Cuál fue el costo de subordinarse al neoliberalismo de la época?Liberación o dependencia?
Así como la construcción de la subjetividad es un proceso de liberación de la historia familiar y de los mandatos de la época, para reescribir el guión de la propia historia; el proceso de liberación de un pueblo, es una construcción colectiva, donde el pueblo todo trabaja en la elaboración de un fin común, desprendido de guiones foráneos. Sólo cuando un pueblo puede superar sus diferencias internas y resolver sus conflictos de intereses bajo un modelo común, inclusivo, donde la consigna sea “Que ganemos todos”, la historia colectiva se abrirá como un ciclo creador y liberador del despliegue de nuevas potencialidades. Esperemos que este 25 de Mayo nos encuentre a todos unidos con vistas a las nuevas elecciones, independientemente de las banderas políticas y fundamentalmente revisando y repensando los hechos de nuestra historia, para finalmente, poder brindar: “Al gran pueblo argentino, salud!!”
Lic. Liliana Paz Mendez
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Himno Nacional Argentino. Interpretado por Charly García
Goce en el dolor: La claudicación del deseo
1 mayo, 2011
Hablar del goce en el dolor implica adentrarse en el problema de lo real, como lo imposible de ser puesto en palabras. Conceptos éstos, muy abstractos, que utiliza el psicoanálisis, para bordear lo indecible.
Estamos en el orden de algo se produce más allá de la voluntad, de ese dolor existencial que marca la vida de todo ser humano.
Un cuerpo no pesa, duele, porque es un cuerpo mortificado por las palabras, que nada pueden decir acerca de qué es la vida y la muerte. Apartados así de lo simbólico, suplementamos lo no dicho con descripciones imaginarias, cuya belleza nunca describe acabadamente, lo real de nuestra existencia (la fuerza de la poesía no es la belleza de las palabras, sino el acorde misterioso que en nosotros despiertan). Entonces: todo es dolor y pérdida? En el momento más oscuro, en la pesadilla más siniestra, una fuerza nos rescata. Es el hilo invisible que se teje alrededor de la vida del sujeto. El erotismo es exclusivamente humano. El hombre es el único ser vivo que no dispone de una regulación fisiológica y automática de su sexualidad. Es el deseo el que se erige, entre la impotencia de la palabra y el dolor del cuerpo, para hacer resurgir la relación del sujeto conla Vida. Es la recompensa que recibe el hombre por la pérdida que implica ser un “ser para la muerte”. El deseo no es más que un rodeo para compensar algo del goce, perdido para siempre, con Otro completo con el cual fundirnos. Mientras buscamos ese encuentro imposible, la pasión nos hace tropezar, con dolor, con el límite de una imposible relación sexual-Toda, ya que la fusión es la muerte del sí mismo.
Hay entonces encuentro fallido, queda sólo la nostalgia. A ese dolor lo encontramos en el discurso amoroso. “me duele el otro”, “me duele el corazón”, es el dolor que produce el cuerpo del otro y se le pide a la piel que responda. Cito al respecto una frase del poeta Octavio Paz: “lo erótico, una armonía con tal fuerza, que yo había conocido hasta ahora únicamente en el dolor”.
El dolor es la irrupción de grandes cantidades de energía y cuando se presenta no hay obstáculo que pueda oponérsele, es un imperativo de goce en el dolor. En la dialéctica de la pulsión hay búsqueda por parte del sujeto de esa parte de sí perdida para siempre, donde eso perdido se instala por ser viviente, sexuado y mortal. Se impone “taponar el agujero existencial” por donde se escurre la vida.
Por eso frente a nosotros se despliegan todos los fenómenos de adicciones (las socialmente aceptadas y las otras), que se producen por ese goce que no es más que la vuelta de la pulsión sobre si mismo, allí donde Eros (Vida) se separa de Tánatos (Muerte). Algo que debiera deslizarse hacia el objeto de amor, se condensa como sufrimiento. El goce como un exceso intolerable, más allá del placer, se revela en el sentido común en expresiones como “morirse de risa”, o en el caso de la sexualidad, está también la expresión francesa de la pequeña muerte (petite mort) para referirse al orgasmo. En el sentido común asoma pues la idea de un placer mortífero, intolerable, cuyo atravesamiento nos situaría en las puertas mismas de la locura o la muerte.
Estamos condenados entonces a una vida de sufrimientos?
Si bien cada crisis, es una pequeña muerte, un pasaje de un estado a otro que manifiesta en forma descarada el dolor de vivir, existe una salida. El secreto está en acotar el goce, limitar el agujero existencial. Acotar no es taponar. No es volver a encontrar un nuevo objeto que nos dé la ilusión de completud, porque eso sería condenarnos a una nueva adicción.
Acotar está del lado de la puesta en acto del deseo, del redireccionamiento de la fuerza del dolor, hacia la fuerza impulsora del deseo. Es un “saber hacer con eso que duele”, cambiando el goce mortífero por Otro goce, que es ese loco intento puesto en la construcción de lo más genuino de nosotros mismos. Es amar el deseo y no el objeto de deseo. El objeto del deseo puede perderse, pero el deseo es la llama que evita que nos perdamos a nosotros mismos, en el goce mortífero de una supuesta fusión (ficción) con el objeto de deseo. Después del dolor de la pérdida, existen dos caminos: o regodearse en la pena y la nostalgia, o salir nuevamente a la vida, con lo único salvado del naufragio: la fuerza del deseo.
“Aún en esta noche,
en la que duele la vida,
el amor se expande
en el deseo de seguir deseante”
Lic. Liliana Paz Mendez
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Pequeña canción para Matilde. Letra Pablo Neruda. Música Astor Piazzolla












