(Mal) Estando en la cultura y narcisismo de muerte
12 mayo, 2012
Lágrima de diamante. Pintura de la Psicoanalista y artista plástica argentina Elizabeth Chiavo, tempranamente fallecida.
“Mejor pues es que renuncie quien no puede unir a su horizonte la subjetividad de su época” Jacques Lacan, Escritos I, 1980.
“Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él” Jean Paul Sartre
(Este artículo está dedicado a Eli, quien me enseñó el valor de la libertad y la vida)
En la sociedad postmoderna se presenta una exacerbación de lo que ya, con su genial anticipación, escribiera Freud, en el texto “El malestar en la cultura”.
Voy a ilustrarlo con un ejemplo:
A fines de Abril de 2012 apareció un artículo en el diario Clarín sobre el narcisismo, donde fui citada, aunque lamentablemente fuera de contexto, lo que hizo de la noticia un reflejo del pensamiento neoliberal acerca del “narcisismo”. En este artículo se ponía de relieve el exceso de individualismo, la cultura de la belleza y la juventud y la productividad a la que se nos empujaba. Sin embargo se presentaba al narcisismo como si fuera la enfermedad del sujeto a la que supuestamente los psicólogos debiéramos intervenir para curar a estos “individuos narcisistas”. El artículo no daba cuenta que, es la sociedad la que fomenta determinado malestar para el sujeto, para alienarlo y convertirlo en un “esclavo moderno” al servicio de pequeños grupos de poder. Entonces, siguiendo esta lógica, el narcisismo (entendido como individualismo) es un desvío de la normalidad que puede y debe ser “curado”.
En realidad el (mal) estar en la cultura es estructural, es decir, constitutivo de lo humano, dado que todos los hombres para vivir en sociedad, deben ceder algo de su narcisismo (entendido como la búsqueda del bien para sí mismo) en pos de la generación de lazos sociales y la búsqueda de un bien común. Sin embargo, el discurso de la homogeneización llamado también “globalización”, tiene un efecto directo que borramiento de TODA singularidad. Ya no se cede una parte de narcisismo para realizar un “contrato social”. Se cede TODO el sujeto a favor de los intereses de un sistema del cual son beneficiarios unos pocos. Y este proceso de desubjetivación, toma nuevas vestiduras y ropajes para hacerse decir en cada época y será tarea de los psicoanalistas hacerlo hablar en su particularidad, ya que es una expresión de lo que Lacan denominó “la subjetividad de la época”.
Entonces la subjetividad hoy muestra una marcada decepción; el escepticismo, la falta de sentido de la vida, la búsqueda de satisfacciones inmediatas, la necesidad de obtener respuestas rápidas, son la resultante de (con) vivir en esta cultura. La angustia resultante es invasiva y aniquilante en lugar de un monto de angustia que opere como motor del deseo. La secuela es un narcisismo al que podríamos llamar “de muerte” porque destruye el deseo por la vida.
Hoy es la sociedad del TODO, todo parece poder mostrarse abiertamente y sin palabra que lo procese (especialmente sexo y muerte en imágenes descarnadas) todo parece posible de curar y de enfrentar, de la forma más rápida y light posibles. En lugar de la represión sexual que operaba sobre la sociedad en la que vivió Freud, tenemos la represión TODA del sujeto, es decir su supresión. Por ello los lazos sociales con el otro se caracterizan por la violencia y el atropello de un discurso que no reconoce ni respeta la subjetividad. Lejos de ello, la convivencia queda desenlazada del amor, del auténtico “narcisismo de vida” que le permite al hombre construir su subjetividad. Como consecuencia, se acrecientan los sentimientos de soledad, desesperanza y el apetito de éxito económico-social y estético, que se articulan a una ética capitalista, despojada del respeto por lo humano, oculta el borramiento del sujeto.
El Psicoanálisis en este sentido tiene una ética anticapitalista, porque apuesta a la posibilidad de hacer hablar la diferencia para que el sujeto escuche lo que tiene de singular, para hacerse cargo de aquello en lo que no se encuentra como objeto de la masa. Escuchar la verdad del inconsciente es cultivar las diferencias para que una vida se vuelva digna, en acuerdo con el deseo enmarcado en la ley de la cultura. Y hablar de ley, es hablar de tomar consciencia de que NO TODO se puede. Dentro de esos límites, la angustia se encauza como motor de la vida.
Como plantea Sartre, el ser humano es siempre un pro-yecto que se realiza en sus acciones, en sus decisiones y en sus elecciones, en la imagen que construye sobre sí mismo y sobre lo que pro-yecta de su propia vida. Proyecto condenado a ser libre ya que el ser humano es una posibilidad que se abre en la condición de su existir, que se despliega y se manifiesta en el ejercicio de la libertad. Lo humano se expresa en los proyectos arrojados a la existencia sin ser determinados por un otro superior, sino por el accionar mismo de su forma particular de existir. El hombre es, por lo tanto, lo que hace. La responsabilidad que le cabe por sus acciones es radical y estructurante, ya que es y existe a partir de sus elecciones y de sus propias limitaciones. Desafío de encontrar en lo humano una posibilidad de ser (en acto) entre muchas, esa posible combinación de decisiones y elecciones que se despliegan en la acción.
Quisiera cerrar con la frase de Sartre del epígrafe: “Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. La cuestión es: estaremos dispuestos a luchar por hacer lo que somos? Porque sólo eligiendo el hombre se elige y (re) crea a sí mismo. Esa es la más maravillosa esclavitud: la libertad de elegirse a sí mismo, de ella no podemos escaparnos ni desresponsabilizarnos. Porque en el inicio somos una nada y del más allá nada sabemos. “La libertad es el fundamento del ser” porque el hombre es una nada arrojada a sus proyectos. Deberemos entonces crear espacios de circulación de la palabra y de creación y recreación de los lazos sociales, para que cada cual invente su esencia, su existencia-proyecto. No hay más, pero tampoco menos, la dignidad que reclama la vida sólo puedo producirla siendo en acto (exis-tiendo) en el encuentro con el otro.
Lic. Liliana Paz Mendez
Psicóloga-MN 48359
Clínica de Adolescentes y Adultos
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Acompañamiento terapéutico
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“Llegaremos a tiempo” por Rosana
En el estado de enamoramiento, lo que une a la pareja es una fantasía vincular inconsciente, con una ilusión de completud que en última instancia se dirige a negar la ausencia, la falta y la carencia.
Se denomina colusión a esta fantasía inconsciente que constituye un acuerdo (no sabido) entre ambos cónyuges. Este acuerdo tiende a estereotipar los roles y de allí que la relación se vuelve patológica. Se perpetúa el estado inicial de enamoramiento, que sostiene a la pareja unida, aunque cada uno de los cónyuges ahora padezca la relación.
Por el contrario, una pareja enriquecedora logra que la díada se deslinde con claridad respecto al exterior y entre sí, y los cónyuges se perciben como pareja, pero a la vez son capaces de exigirse espacio y tiempo propios, respetando los límites entre ellos. Los límites no son rígidos ni impenetrables . Cada miembro de la pareja puede alternar su posición entre la posición regresiva (sumisión a la espera de satisfacción de necesidades y cuidado) y la posición progresiva (conductor de la situación y suministro de cuidados), según la situación lo amerite y acorde a sus propias fortalezas.
Juegos de pareja:
Cada contrato matrimonial inconsciente (colusión), puede ser considerado como un juego que la pareja repite una y otra vez durante una relación neurótica, sin la posibilidad de improvisar nuevas formas de relacionarse e intercambiar roles. Este comportamiento produce una relación simbiótica, que puede fracasar en situaciones de crisis, cuando la colusión deja de ser instrumental. No todo conflicto matrimonial es una colusión, pero todo conflicto puede degenerar en un intento de solución irracional al convertirse en una colusión neurótica por su carácter de defensa.
Se observan teóricamente cuatro tipos de juegos, aunque en la realidad práctica de cada pareja pueda haber variaciones y combinaciones
Almas gemelas: juego predominantemente narcisista, busca establecer un pacto en donde la relación favorezca que el narcisista complementario con su deficiente sentimiento de sí mismo, encuentre en el cónyuge un sustituto idealizado-salvador. El narcisista-salvador, por su lado, halla en esta idealización un sentimiento positivo de estima con el cual compensar sus experiencias infantiles. Se consigue así la fantasía de la “armonía en la fusión”. Este juego es producto de la personalidad narcisista insegura, egoista, en permanente búsqueda de éxito, la cual se articula con los mandatos de nuestra cultura hoy. Buscan conservar la “perfecta armonía” y a la vez se hallan en una posición paranoica, desconfían del amor por temor a ser defraudados. Se sienten fuera del mundo, con la sensación de un vacío permanente (tengo de todo y no soy feliz), lo cual compensan con actividades hipomaníacas y entablando continuamente relaciones sociales. Se miente al compañero para evitarle (y evitarse) cualquier desvío respecto del ideal. En el pasado infantil el narcisista se enfrentó a la paradoja de que sólo podría ser “Yo mismo si me porto conforme a la imagen de mí mismo que tiene mis padres”. En este juego existen diversos grados. Desde una pareja fantaseada (especular) donde la pareja es idéntica a la imagen de sí mismo. Pasando por la degradación del amor, en el sentido de relaciones superficiales e intensas y pasajeras, a veces con prostitutas donde no se llega al encuentro interhumano y sólo se satisfacen las propias necesidades. Finalmente encontramos el tipo “Yo mando”. Es una relación donde se le exige al objeto de amor que esté totalmente “pendiente del amo”. Para el cónyuge que se entrega, los logros del otro son sus propios logros. Pero, al fundirse con el narcisista paradójicamente ejerce un fuerte control sobre él.
Sí cariño. En este pacto se realiza la fantasía de que uno como “madre” debe cuidar al “niño desamparado”. En la primera infancia, la satisfacción de las necesidades de estos sujetos oscilaron entre una atención desmesurada y una frustración incomprensible Como consecuencia de esta relación filial infantil, estas personas sufren una fuerte baja de autoestima, se resignan y se vuelven pasivos ante cualquier actividad y a la vez se desprecian. Tienen una actitud de exigencia hacia el consorte, que puede producir un efecto castrador en éste ya que no podrá cumplir las expectativas de satisfacción de las necesidades de su pareja. Por un lado exigirá que su partenaire satisfaga sus necesidades ilimitadamente y por el otro temerá la dependencia. Aparecerá así el odio hacia el compañero. El otro consorte “fracasará” en este juego. Le reprochará a su pareja, todo lo que por amor a él ha sacrificado, esperando reconocimiento. En algunos casos ambos cónyuges desean estar en la misma posición (o dominador o dominado). En estos casos el conflicto se dirimirá colocando a un tercero (p.ej. un hijo) en la posición de enfermo o de salvador.
Hagamos la guerra (o el amor como lucha por el poder). En este pacto inconsciente, los cónyuges buscan saciar sus necesidades de dominio. En su vida infantil, fueron sujetos sometidos a padres exigentes, que los hicieron temer por la pérdida del amor si no controlan la situación. Por ello la persona quedó condicionada a ciertas técnicas de lucha que luego trasladará a su vida matrimonial. Este pacto puede presentarse con dos tipos de roles: falso-pasivo y activo. En el formato falso-pasivo pueden someter al otro con su aparente pasividad y terquedad, permaneciendo en silencio o mintiendo para no otorgar el control. Se comportan regresivamente respecto al cónyuge. Dejan todo en manos del otro, pero a diferencia del carácter de sometimiento del juego “sí cariño”, el objetivo es intentar dominar al otro, porque el carácter pasivo sólo es una apariencia, en todo se cede sin convicción y siempre aparece la crítica. Generalmente buscan controlar al cónyuge con el control de los gastos familiares o bien recurriendo a relaciones extramatrimoniales ocultas. Huyen de las pretensiones de aseo del consorte por medio de los olvidos y torpezas En las formas activas será el sujeto ávido de poder y predominantemente sádico que buscará lograr su autonomía a través de la dependencia del cónyuge y las agresiones. En la pareja manifiestan el deseo de poseer y manejar todo lo material y el saber (controlar todo lo que su pareja piensa y siente). Predomina el amor al orden, la minuciosidad, el afán de ahorro, siempre al servicio del ejercicio del poder. El ataque continuo es exteriorización del miedo a someterse al otro. Por ello es infrecuente que aparezcan tendencias de amor restauradoras de la relación. En este caso la lucha por el poder convierte a la relación en una relación simétrica (a diferencia de la colusión Almas Gemelas, en la que es complementaria). La lucha por el poder también se exterioriza en el plano sexual. Se conforma una especie de “ritual de amor”. Las escenas de combate conducen directamente a relaciones sexuales. También puede aparecer el juego mutuo de celos-infidelidad. Uno de los cónyuges representa su autonomía por medio de una relación extraconyugal obligando al consorte a ponerse a la defensiva y a mantener la estabilidad a la relación..
Qué si, qué no: Esta colusión es el prototipo de matrimonio histérico. El carácter histérico es veleidoso y superficial en sus relaciones emocionales. Las escenas que dramatizan les permiten compensar el sentimiento de vacío interior y proyectar sus conflictos fuera de sí mismos. Manipulan el entorno mostrándose débiles, enfermos y en algunos casos con amenazas de suicidio. Temen al contacto íntimo por miedo a entregarse o a ser dominados. Necesitan un consorte absolutamente confiable y que se dedique enteramente, sin que pueda ser peligroso en términos de dominio. El partenaire histerófilo, se relaciona en su niñez con cuidadores dominantes. Para poder sustituir la pérdida del rol materno, sienten la necesidad de tratar a su pareja como quisieran que sus cuidadores los hubieran tratado a ellos, sacrificándose en el matrimonio para lograr el aprecio de la familia. A diferencia de la mujer histérica, el hombre histerófilo se exhibe a través de su mujer (la ve como única, irrepetible). El hombre se ve llamado a salvar a su mujer de sus complicaciones y necesidades, de esta manera se garantiza la constante entrega de afecto. La mujer intenta al principio superar la sensación de inferioridad femenina identificándose con su marido. El marido se identifica con la imagen que su mujer proyecta sobre él (ayuda materna y noble caballero). La histérica fomenta las proyecciones pero conserva siempre el control de la situación de modo tal que el marido no logre un valor superior. A la larga a la mujer histérica no le sirve la identificación con su marido ya que por un lado le gustaría un marido potente pero por el otro no puede soportarlo. El conflicto puede desencadenarse cuando el crecimiento de la propia estima del marido, provoque paralelamente una primitiva necesidad de protección infantil. La mujer rechazará estas aspiraciones ya que no quiere asumir responsabilidades maternas respecto de su marido. Aparecerá desprecio hacia el marido por su debilidad. Generalmente la histérica intentará “activar” a su marido insultándolo en público, con reacciones de celos y amenazándolo. Se desarrollará un círculo vicioso donde la mujer se quejará de la falta de temperamento del varón y el varón se parapetará en su posición de santo y mártir
Se acabó el juego. Y si nos damos un recreo?
Estos juegos neuróticos sólo se resuelven cuando las parejas deciden realizar otro contrato, esta vez consciente, luego de haber hecho conscientes sus colusiones. La otra forma en que terminan (dolorosamente) es con el divorcio, pero si cada cónyuge no revisa el juego que jugó con su ex pareja, lo más probable es que lo repita con otro partenaire.
El amor dentro de una relación saludable, sólo se puede constituir cuando se abandonan las expectativas inconscientes respecto del otro y la esperanza ilusoria de que el otro se atenga al guión de personaje-partenaire que le da sentido al propio personaje. Crecer, subjetivarse implica reconocer al otro como un legítimo “otro” en la convivencia. Forjarse expectativas imposibles de ser satisfechas por la pareja, determina un vínculo patológico capaz de destruir la vida de cada uno de los cónyuges en lugar de la construcción amorosa del “nosotros”. La construcción amorosa del nosotros en cambio, implica la puesta en juego del propio deseo vía un trabajo previo de descubrimiento individual, que sólo se pone en juego con otro deseo que realizó el mismo camino individual, para construir un “entre-dos” que evite el “ahoga-dos” de los juegos inconscientes.
Lic. Liliana Paz Mendez
Psicóloga-MN 48359
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Monólogo: El matrimonio es el suicidio del amor? Actor Esteban Pecoche
Inconsciente. La marca de lo humano
4 marzo, 2012
Gustav Klimt: Serpientes Acuáticas
Muchas son las posturas filosóficas respecto de la existencia o no del alma humana. Algunas lo afirman, otras la niegan, sin embargo nadie puede negar la existencia de los fenómenos psíquicos.
Pero entonces qué es la psique?. A qué nos referimos los psicoanalistas con psiquismo?. El objeto de estudio de la psicología, no es el psiquismo sino la conducta humana. Concreta, visible, medible. Sin embargo, el objeto de estudio del psicoanàlisis es el inconsciente. Por qué? Por que no nos interesa la conducta en sí, sino el por qué de dicha conducta, cuando este por qué no tiene una explicación lógica consciente. Grandes cantidades de tinta se han escrito para desacreditar la tarea de los psicoanalistas, en tanto imposible. Es más vulgarmente se denomina “subconsciente” al inconsciente, como si fuera algo misterioso y oculto en vaya a saber uno qué insondable región de nuestro cuerpo. El inconsciente no està en un lugar físico, muy por el contrario, el inconsciente se muestra permanentemente, es decir existe. Dónde existe?. Existe en cada uno de sus efectos: actos fallidos, sueños, lapsus, chistes. Sólo hace falta reconocerlo. Aún más, está inscripto en el goce de nuestro cuerpo y en el empuje a vivir de nuestro deseo. El inconsciente tiene otra categoría óntica. No es sustancia sensible, no es un neurotransmisor ni una neurona. Es palabra encarnada que insiste en ser escuchada. Y en ese insistir está la búsqueda de ese objeto que causa el deseo, que ex-siste por fuera del yo y a la vez es lo más intimo al yo. Es “cuerpo extraño en mi interior que es ‘en mi más que yo’, que es radicalmente interior y a la vez exterior”, según la definición de Zizek. El inconsciente, como reza el aforismo lacaniano, es el discurso del Otro, de ese Otro, de la cultura que inscribe el logos en el cuerpo. La palabra nos viene dada, sin ella no seríamos más que un “cacho de carne”. Nada nos diferenciaría del animal que se mueve acorde al instinto inscripto en sus genes. La palabra mortifica la carne, pero también nos hace libres. Libres porque podemos decidir ser algo más que la genética o los mandatos recibidos. En cada ocasión de aparición de lo imponderable, lo azaroso, podemos decidir cómo pararnos frente a lo que hay. Y hay tantas formas de pararse frente a la vida, como sujetos. Entonces, con el discurso del Otro, los seres humanos podemos construir el propio discurso, hacer escuchar la propia voz/palabra; que es más vos/voz que Yo. El Yo engaña, el deseo inconsciente e indestructible, no. Y esa es la otra dimensión del ex – sistir. El inconsciente es el saber no sabido, que sabe acerca del logos y del deseo. Si, el inconsciente es del orden de un saber, que el sujeto porta pero que ignora.
Decimos entonces que el inconsciente es un saber organizado en una cadena de significantes en acto. Pero qué es un significante?.Un significante es esa palabra privilegiada del propio lenguaje, que no es cualquier palabra, es aquélla palabra que nos resuena. No hay significante sin sujeto y no hay significantes sin un alguien que los escuche y los interprete, no en tanto persona, sino en tanto los significantes del otro le rebotan en sus propios significantes. Y cada interpretación que nos dé el otro es un significante que se inserta en nuestra propia cadena y que seguramente nos permitirá salir del atolladero de nuestros síntomas y problemas. Allí está anclada la eficacia de la interpretación psicoanalítica. Es una palabra “que da en el clavo”, que nos permite movilidad y flexibilidad, que nos acerca a ese saber no sabido que es el inconsciente. Es la palabra justa que permite la renovación significante. Sin renovación todo será repetición y fracaso.
Saber sobre ese saber no sabido que es el inconsciente, no es una tarea difícil u obscura, es una tarea que exige coraje. En definitiva construir subjetividad implica “salir de las cómodas posaderas del síntoma y la queja neurótica”, para tenderle la mano al compañero que siempre estuvo allí: nuestro deseo. Como seres humanos, a diferencia de los animales, tenemos libertad para hacer o no algo con ELLO. Como decía Freud: “Allí donde Ello estaba, el Yo debe advenir”. Advenir como sujeto. Y no cualquier sujeto sujetado a la carne o a los mandatos, ya no más un sujeto sujetado, sino un Hombre sostenido en su deseo.
Lic. Liliana Paz Mendez
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Barro tal vez. Luis Alberto Spinetta y Mercedes Sosa
El juego en el adulto. Una actividad para tomarse seriamente
1 febrero, 2012
“Allí donde el niño juega, el adulto construye fantasmas” Sigmund Freud
¿Qué entendemos por capacidad lúdica?; Cómo se relacionan capacidad lúdica y creatividad?
El juego en los adultos como esparcimiento, puede ser un modo de resolver problemas en forma creativa y de liberarse del estrés que genera el exceso de preocupaciones; a la vez que permite ser más flexible, enfrentar las situaciones dramáticas con más recursos y relacionarse en forma más relajada.
Jugar es vivir en un mundo imaginario como si fuera real, interpretar otros personajes y atreverse a recuperar el espíritu aventurero y la libertad perdida.
La actitud lúdica amplía la perspectiva de la vida; los niños juegan a ser adultos y los adultos a ser otros y el juego, a ambos, los ayuda a construir subjetividad.
Cuando hablamos de juego, de qué juego hablamos? No se trata de jugar con juegos convencionales, reglados y prediseñados, sino de jugar con los avatares de lo cotidiano, para lograr un plus: que lo cotidiano se realice como distinto. Esto es, jugar como ensayo informal y creativo, puro invento e improvisación para descubrir nuevos caminos. Es una oportunidad para encontrar posibilidades inconcebibles, alocadas, que solamente se descubren jugando, cuando se está dispuesto a eludir la lógica. Porque el juego es el permiso que nos podemos dar para atrevernos a recuperar la ingenuidad y la capacidad de asombro de los niños. En el juego podemos actuar libremente y no importa equivocarse porque siempre se puede empezar de nuevo, con el agregado de que el juego es un gran incentivador de la creatividad aplicable a la vida laboral y por qué no a el amor. En definitiva, jugar es una forma de descubrir, en un ámbito más relajado, las capacidades individuales y grupales, es la mejor manera de modificar actitudes, promover vínculos más sólidos y extraer lo mejor de nosotros mismos.
Dime cómo juegas y te diré quien eres…
Juego y personalidad constituyen un binomio inseparable. El juego y sus manifestaciones básicas deben entenderse como una de las actividades más genuinas del ser humano. La persona desde sus primeros pasos actúa constantemente a través del juego, explorando, aprendiendo, conociendo su cuerpo, los objetos que le rodean y el entorno social y cultural en el que vive. El juego entendido como ” mucha recompensa a cambio de tan poco ” no deja de estar presente en las distintas actividades de la vida del la persona. Practicado bajo circunstancias peculiares y entendido de modo distinto en cada etapa de nuestra vida, las propiedades del juego posibilitan que cualquier protagonista que realmente se introduzca en su esencia, al jugar se olvide del entorno serio de su vida cotidiana, comportándose sin máscaras, mostrando su personalidad y los rasgos que lo caracterizan y definen. En este sentido, al hablar de la dimensión psicológica del juego, nos vemos obligados a reconocer la relación que se establece entre juego y personalidad, puesto que la forma de desempeñar una actividad lúdica, lleva el sello propio. Todo sujeto al jugar participa de un modo unipersonal y particular que le distingue de cualquier otro jugador. Desde esta óptica, no hay dos juegos iguales, como en el don pirulero “cada cual atiende su juego”. Este hecho es bastante utilizado en la selección de personal, donde se analiza qué posición toma el candidato en un, p.ej. juego deportivo. No es lo mismo el candidato que elige ir al arco que el que decide tomar el puesto de delantero, cada uno perfila una personalidad distinta. Esto no implica que haya posiciones mejores o peores (a veces las consultoras valoran en demasía los supuestos “liderazgos” de los delanteros), sino que se deberían analizar en función del puesto a ocupar, de manera tal que la persona que desempeñe dicha posición aproveche al máximo sus capacidades. En definitiva cada uno es “líder” en lo que mejor sabe hacer y donde más a gusto se siente.
Juegos que abren, juegos que cierran.
Hay juegos que se “cierran” a la creatividad. Son juegos donde el seguimiento estricto de sus reglas, deja pocas posibilidades a una solución por fuera de la lógica. En general a los adultos se nos permite participar en estos juegos porque son “serios” y digámoslo concretamente, están dentro de las “transgresiones permitidas” porque no subvierten el orden instituido. Otros juegos “abren” a la creatividad, estimulan la utilización del hemisferio derecho y favorecen la dimensión subjetiva humana. Nos permiten “pararnos de cabeza” para mirar la vida desde otro lado. Como forma de expresión y comunicación, son novedosas construcciones grupales. Representan un elemento humanizador, en una sociedad cada vez más agresiva y deshumanizada, dominada por los medios masificadores que promueven el mero entretenimiento acrítico. Los juegos que abren, convierten lo lúdico en proyecto de vida (son actividades permanentes), que ayudan al equilibrio personal, es decir el equilibrio vital, en sus distintos niveles; así como también al equilibrio grupal, porque facilitan la comunicación y la construcción de saberes, afianzando los lazos sociales. La contribución del juego al proyecto de vida, engloba el trabajo para el desarrollo de los diferentes talentos personales, al potenciar las distintas inteligencias, el análisis crítico y el desempeño de roles en forma situacional. Con dichas actividades, se tiende a develar la conciencia de la realidad del ser humano, la conciencia de las cosas y la conciencia de las relaciones con otros, así como la conciencia de la propia vida. El tiempo dedicado al juego y al ocio activo ofrece a las personas vivencias a través de experiencias que aporten alegría y movimientos creativos, y que compensen y estimulen el tiempo de trabajo.
En síntesis: el juego está en una zona transicional intermedia entre la actividad y el dormir y la fantasía. Es fantasía en acto y un punto de encuentro entre el sujeto y los otros. Un espacio distinto, ya que no tiene normas específicas y la creatividad y la espontaneidad están permitidas. Un lugar donde se puede ser uno mismo sin ensimismarse, por el contrario, compartiendo con otros. Un espacio de construcción de subjetividad y comunicación. El adulto que no puede jugar, (al igual que el niño), se enferma. La falta de juego es todo un síntoma de sobreadaptación a los mandatos sociales y de un yo rígido y estereotipado. La buena noticia es que siempre se está a tiempo de construir estos espacios, sólo es cuestión de proponérselo y empezar. Entonces: qué esperamos para empezar a jugar?. Aprovechemos estas vacaciones para desarrollar nuestras capacidades lúdicas y empecemos a tomarnos la vida seriamente pero menos “en serio”.
Lic. Liliana Paz Mendez
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R.E.M: “Man on the moon”
El arte de la queja. La excusa del deseo
26 diciembre, 2011
Un paciente entra enojadísimo al consultorio y me cuenta una situación familiar en la que discutió con su hermano en la reunión de navidad. Me dice “sabe qué, me quería regalar una computadora”. Este paciente profesional, soltero y sin hijos, de 50 años, desocupado desde hace 10, que vive sostenido por su tía jubilada, leyendo y escuchando música como única actividad, se enfurece con su hermano, quien se preocupa por reemplazarle la vieja computadora, para que pueda buscar trabajo más comodamente. “Buscar trabajo!!!, claro ahora hay que buscarlo por internet, el gobierno no hace nada…Igual te entrevistan y no te llaman”. Le pregunto que tiene que ver el hermano con ello y me dice “es que me regala la computadora para que consiga un trabajo, por ahí lo consigo, pero no será como el que tenía”. Le señalo que nada va a ser como lo que tenía y que por ahí descubre que es mejor y me dice “pero yo quiero el que tenía”. Le recuerdo que de ese trabajo también se quejaba y que había sentido alivio cuando lo echaron porque tenía ganas de iniciar un proyecto laboral en forma independiente. Me mira y me dice: “si, tal vez sólo sepa ser dependiente”
Como vemos ilustrado en esta viñeta, dependencia y queja van de la mano e implican quedar a merced de otro para no hacerse cargo de los propios deseos y en definitiva de la propia vida. Este paciente ha hecho de la queja, su modo de goce (en el dolor, pero goce al fin). Todo lo que le ocurre “no le atañe” es culpa de su hermano, de la tía, del gobierno o del destino que le tocó. Extraña un trabajo del que lo echaron, no por sus aspectos técnicos (es brillante) sino por sus permanentes “quejas” contra la empresa y sus supervisores. Aún la tía que es su sostén (afectivo y económico) cae también en la volteada de la queja: “me ensucia la cocina, me gasta mucho detergente, me usa el horno y me calienta la casa…”. Yo escucho pacientemente sus quejas, sin avalarlas ni contrariarlas. Intento confrontarlo con su parte en la opereta de su vida, pero el se escabulle con su “no puedo hacer nada, sólo me queda el suicidio…pero como soy muy religioso, no puedo hacerlo”. Si este hombre recibiera un centavo, por cada uno de los “pero” de su discurso y de las excusas para su no hacer nada, sería un hombre muy rico. Rico no sólo en dinero, también conseguiría la riqueza de pararse en otro lugar de la situación que le tocó vivir y haría con su “es lo que hay” una vida distinta.
El psicoanálisis, parte de una premisa básica, “la responsabilidad del sujeto en aquello que le sucede”. La primera consecuencia de esto en aquella persona que se acerca a consultar, es que lo corre de su lugar de queja, provocándole gran alivio, porque empieza a detectar que no es víctima pasiva. La pregunta sobre lo que le pasa recae sobre él y según su deseo de saber, comenzará un análisis. Esto quiere decir que va a vincular su malestar, su sufrimiento, con una causa. En la mera demanda el sujeto se coloca en dependencia de otro. En el involucrarse con la parte que le toca, se convierte en artífice de su vida. Porque la queja no es el sufrimiento, o sea, queja y sufrimiento son dos cosas distintas. Una persona puede sufrir y negarse a toda queja, o por el contrario, situarse en una posición de permanente queja, que le permite disimular su miedo a hacerse cargo de su vida, miedo a abandonar la dependencia. De allí que la propuesta psicoanalítica tenga una cierta violencia: el paciente quiere pasar de depender (del padre, de su jefe, de su pareja, del destino, etc) a depender del analista y el analista le dice “hacete cargo”. No muchos pacientes soportan este “empuje” a un goce acotado y no sufriente y abandonan el análisis, en búsqueda de un otro del cual depender. Conocemos muy bien pacientes que arriban a nuestro consultorio después de haber estado por más de 10 años en tratamiento contínuo (en este caso habría que ver también la responsabilidad del analista en ese tratamiento fallido, pero eso lo dejaré para otro artículo). En fin, un análisis no es ni más ni menos que convertir un goce sufriente en la impotencia de la dependencia en un goce convertido en deseo en acción.
Alguien puede quejarse de una situación intolerable para sí con una amistad, con el vecino, con un pariente, pero lo hace sabiendo que la queja no producirá efectos, el otro lo oye y por ese acto consigue perpetuarse en ese malestar. Podría decirse que queda fijado a algún punto de goce, en ese punto donde hubo otro que gozó de su dependencia. Y en este quedar pegado al mandato de “gozar”, no hay posibilidad de moverse de ese lugar de goce patológico: el de ser gozado por otro.
Psicoanalizarse es buscar una nueva subjetivación como una vía para desplazar la formulación de la queja. Subjetivarse es separarse y re-gocijarse con lo más propio: el deseo. Con el psicoanálisis apuntamos a ayudar al sujeto a nombrar su goce propio, en un intento por descubrir el goce del ser, que es distinto a ser gozado. Es un gran cambio de posición frente al sufrimiento, es desplazar la queja para que advenga la responsabilidad del propio goce y para eso no hace falta un análisis muy largo como muchas veces se suele escuchar (será otra excusa para no intentarlo?), basta con que el sujeto consienta a que se abra el juego a través de la pregunta que lo involucra y libera: “Qué tengo que ver yo en esto que me pasa?”
Lic. Liliana Paz Mendez
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Se tiran conmigo Alfredo Belusi
Las fiestas y la nostalgia. El bajón navideño
1 diciembre, 2011
Permanecer y transcurrir
no es es perdurar, no es existir,
ni honrar la vida!… Merecer la vida es erguirse vertical
más allá del mal, de las caídas…Eso de durar y transcurrir
no nos dá derecho a presumir,
porque no es lo mismo que vivir
honrar la vida!
Eladia Blazquez-Poetisa, compositora y cantante argentina
Cada final representa para un ser humano el símbolo de la propia finitud, porque la mente toma conciencia de lo efímero de la existencia cuando experimenta la terminación de cada uno de los ciclos de la vida.
La depresión navideña no es un nuevo trastorno psicológico que aparezca en los manuales psiquiátricos, pero si con este concepto quiero llamar la atención sobre un estado de ánimo que se desarrolla en esta época del año y que guarda mucha similitud con la depresión que todos conocemos. En principio, cumple todas las características de una depresión común: la persona se encuentra triste y melancólica, tiene una visión negativa de lo que la rodea, se aísla y cualquier actividad le resulta complicada de llevar a cabo. Esto choca bastante con el espíritu que rodea a estas fiestas y por supuesto la persona se siente completamente fuera de lugar. Los factores principales que llevan a sentirse así, pueden ser los siguientes:
- Recuerdos de seres queridos, personas que han muerto o que se encuentran lejos con los cuales no se puede compartir estas fiestas. Se echa de menos a esta persona y se recuerda con nostalgia los momentos navideños vividos con ella, y puesto que no pueden repetirse, el pensamiento será negativo hacia esa situación y la persona afectada no tendrá ganas de fiesta. Se estará focalizando toda la atención en ese acontecimiento o en esa persona que falta y no se será capaz de ver el resto del ambiente, como otros familiares que sí están, u otras situaciones nuevas y positivas.
- Paralelo a lo anterior aparecen recuerdos de acontecimientos pasados vividos en estas fiestas o a lo largo del año, que fueron negativos y que ahora salen a relucir para demostrar lo mal que se la ha pasado o lo desdichados que se es. Es una forma de rememorar el pasado con nostalgia, pero que solo sirve para enturbiar el presente.
- A menudo también puede suceder que nos dejemos llevar por la publicidad y por el espíritu navideño que tratan de vendernos ilusiones de felicidad ilimitada por todas partes. La idea de felicidad completa que aparece en los medios de comunicación no tiene nada que ver con la realidad que viven muchas familias con problemas, ya sean económicos, personales, laborales, de pareja, etc. Incluso más: esa idea es una falacia, no existe nadie en el mundo que se sienta “completo”. Si caemos en la trampa de compararnos con lo que nos venden, habremos caído en un pozo sin salida, porque no nos parecemos para nada a lo que dicen los anuncios, los que por supuesto venden “humo” para incitar el consumo.
- La falta de recursos económicos es una gran traba en estas fechas. Nos enfrenta a la carencia, y nos coloca fuera del sistema consumista capitalista. No “pertenecer” incrementa la soledad y la depresión se hace sentir
- Las reuniones familiares agravan los conflictos no resueltos, Muchas personas prefieren aislarse para evitar las habituales peleas de estas reuniones. Sin embargo esta huida no hace desaparecer el conflicto e incrementa la sensación de aislamiento.
¿La depresión navideña es evitable?
La nostalgia por los tiempos mejores no es evitable, pero puede convertirse en un estímulo para actividades que nos alejen de la depresión y la ciclotimia, actividades que nos sirvan para la elaboración de la pérdida. Tenemos que comprender, que todo final conlleva un duelo, es perder algo pero para obtener algo nuevo. Si nos quedamos en la pérdida, nos perdemos a nosotros mismos, con riesgo de caer en la melancolía que es un duelo patológico.
Las personas que ya no están, o los acontecimientos vividos, nos han dejado miles de marcas, símbolos que pueden minimizar la pérdida real. Preguntarse qué cosas aportaba esta persona a estas fiestas, puede dar ideas para que estén presentes en la mesa. Seguramente alguien puede tomar la posta para preparar la torta que hacía la abuela, otro podrá contar las anécdotas graciosas de su vida. También una situación nueva puede servir como trampolín para nuevos pensamientos positivos. Tal vez desde esa perspectiva podamos descubrir que el cambio siempre tiene algo mejor. La clave es encontrar esos momentos especiales pasados para revivirlos con alegría y enfrentar el cambio como oportunidad, no como pérdida. Elaborar un duelo implica tender puentes simbólicos hacia la nueva situación e inventar ritos para soltar el pasado. La navidad es sólo una fecha en el calendario y cada persona le da el significado simbólico que quiere. Construir nuevos significados servirá para aprovechar las fiestas y desconectarse del día a día. Hay que explotar al máximo los recursos con los que se cuenta y no llorar por lo que no hay. Una cena de navidad no necesita manjares caros, como dice Serrat: “un buen manjar puede ser cualquier bocado”. Siempre tenemos la libertad de elegir cómo pasarla bien, teniendo en cuenta nuestras necesidades. Pero si nos aferramos al cumplimiento de costumbres familiares (o a los mandatos de la sociedad de consumo) que nos obligan a agotar nuestras energías en el intento, estaremos predispuestos a no disfrutar de los momentos agradables que puedan depararnos estas festividades, porque siempre nos faltarán “cinco centavos para el peso”.
En síntesis: la depresión navideña no es una patología, es una postura ante la vida. Por ello es evitable. Aprender a elaborar los duelos que implica cada fin de ciclo, nos permitirá plantarnos frente a la vida desde el disfrute y no desde el padecimiento. Pensemos que si re-significamos estas fiestas, estaremos re-significando nuestra forma de vivir y el nuevo año que comience seguramente será un año mejor. Después de todo de eso se trata la vida, de principios y finales. Les deseo a todos que tengan un fin de ciclo elaborado con nuevos sentidos y un inicio del 2012 que se abra con muchas oportunidades a partir de esos nuevos sentidos. Y a festejar la vida…todos los días!!!
Lic. Liliana Paz Mendez
Psicóloga-MN 48359
Clínica de Adolescentes y Adultos
Orientación Vocacional y Ocupacional
Acompañamiento terapéutico
39661138/1559428070
The Beatles “Everywhere It’s Christmas” long version (song only) 1966
Lo que hablamos en sesión y la eficacia del psicoanálisis.
6 noviembre, 2011
En el principio era el Logos, y el Logos era con Dios, y el Logos era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas” (Jn. 1:1-3)
¿Qué hacer con el malestar del paciente? Nos preguntamos los profesionales de la salud. Y pareciera que la opción hoy es bipolar: o la palabra o los fármacos. Falsa postura que desconoce la constitución estructural del hombre: el logos. Entonces, en algunos casos habrá necesidad de fármacos, pero siempre habrá necesidad de hablar sobre el acontecer angustiante. Y este es el poder de la palabra. La palabra está inscripta ahí, en nuestro inconsciente. Recibimos palabras desde el inicio, como recibimos la leche materna. Para el psicoanálisis, como dice Lacan, “Toda palabra llama a una respuesta, aunque sea el silencio, pero siempre la presencia del oyente”. Y la eficacia del psicoanálisis, tiene que ver en parte con el encuentro con el saber que porta nuestro inconsciente a través de la transferencia facilitada con la presencia del analista. Todo en el hombre habla acerca de su ser: Su cuerpo cuando grita de dolor en el síntoma, sus recuerdos infantiles y la novela familiar armada respecto de sus orígenes, pero fundamentalmente habla con la letra singular, cada palabra que aparece ahí, en un momento, y que entre los infinitos sinónimos que tiene la lengua, es elegida especialmente, más aún, a esa palabra le es otorgado un significado singular y único. Entonces, la palabra no es inocente. Puede ser usada para hipnotizar y transmitir ideologías, corrompiendo el valor de la palabra y modelando al sujeto en función de otro. Palabra sugestiva, con función pedagógica, más no palabra terapéutica. O bien la palabra puede ser escuchada por el analista y devuelta al sujeto para que descubra la verdad de su ser, palabra plena y reparadora.
De qué palabra hablamos cuando hablamos de palabra sanadora?. En la era del consumismo, la palabra no escapa del “empuje al fármaco” o del “empuje a contarlo todo”. Hay pastillas para todo, pero también hay psicoterapias para todo. Psicoterapias que generan dependencia del terapeuta, puesto en el lugar de gurú moderno o hechicero sanador. También acumulamos en la biblioteca libros de autoayuda publicitados como poseedores del secreto de la felicidad, algunos con cuadernillos de ejercicios para alcanzarla. Palabras, palabras y más palabras, palabras vacías más no inocuas, cada vez que nos “pican la cabeza” para entregar el bolsillo, como dice una paciente. Pastillitas de felicidad, algunas actuando como placebos, otras con poderosos efectos secundarios (piénsese en las distintas sectas que acabaron en suicidios colectivos). Ninguna de estas palabras puede dar cuenta de la verdad del sujeto: el sujeto está dividido en su relación con la palabra: por un lado la palabra del otro, que presta su materialidad su inconsciente, y por el otro, la palabra propia, marcada en el cuerpo y por ello imposibilitada de decir ¿quién soy?.
La clínica nos muestra esta división, por ejemplo cuando el paciente dice más de lo que cree estar diciendo (en un sueño chiste, fallido, o en un lapsus); o cuando testimonia de su esfuerzo para encontrar palabras que nombren su malestar (o para negarlas). Un saber del que no se quiere saber nada, excepto cuando la angustia se vuelve insoportable.
Por ello en un psicoanálisis buscamos que el malestar puede formalizarse bajo la forma del discurso, en el que el sujeto toma lugar, toma posición respecto de sus palabras. El sujeto es activo. Decide si se hace cargo o no de lo que escucha de su inconsciente. Sólo la palabra del inconsciente del paciente está en juego, lo contrario es adoctrinamiento (el psicoanalista no da consejos). Les daré un ejemplo acerca de lo que quiero decir con tomar posición de la palabra propia: Luego de varias visitas fallidas (anula, llega tarde, no le avisan) recibo a una mujer que dice “quiero estar bien; ser feliz”. Formula una larga queja de su situación familiar, nefasta e insoportable a la que acusa como responsable de su estado depresivo. Esta situación se mantiene desde hace años. Le pregunto si pidió ayuda anteriormente y me explica que una vez le recetaron ansiolíticos, pero ella no los tomó y acudió a un Counselor Psicológico. Él le dijo que tenía que separarse y que la podría ayudar, pero ella dejó de ir porque no quiere “saber nada”, no quiere “complicaciones”. Al terminar la sesión le digo que puede volver, “si en algún momento quiere saber algo de eso” de lo que no podía separarse. Como verán la demanda es “decime que hacer, para que todo cambie sin cambiar nada”, pero la verdad es que son pacientes que van a contar siempre lo mismo, y nunca van a hacer nada. Y también es cierto que el analista ayudará a que la verdad del paciente se escuche, pero que no es quien para decir que hacer (y esto a algunos pacientes no les gusta). Muchos pacientes son reticentes a desprenderse de sus síntomas, y por ende, reacios a la cura. Porque todo síntoma si bien encierra un sufrimiento, depara una satisfacción inconsciente, de la que el sujeto no se desprende fácilmente. Entonces no necesariamente el “hablar” es terapéutico por sí mismo. Contar palabras en sesión no es lo mismo que hacerse cargo de las propias palabras (saber inconsciente) y hacer algo al respecto.
Y entonces cuál es la eficacia de la palabra en un psicoanálisis?
Como veíamos, la manifestación de un síntoma, puede convocar diferentes respuestas y vías de abordaje (fármacos, terapia, psicoterapia, psicoanálisis).
El abordaje por la palabra en psicoanálisis se diferencia de otros abordajes, ya que supone ciertas condiciones, algunas del lado del analista, otras del lado del paciente.
Del lado del analista, éste ha de estar en disposición de escuchar y de dar fe acerca de la verdad del inconsciente, habilitando y sosteneniendo un espacio para que el paciente pueda elaborar una respuesta a su malestar y vencer sus resistencias.
Del lado del paciente, encontramos que para que haya síntoma es necesario creer en él. Esto implica en primer lugar que el paciente acepte la verdad que porta su inconsciente y en segundo lugar que le suponga al síntoma un sentido a descifrar, sentido que le concierne íntimamente. Porque a veces el síntoma es del otro (la familia, los vecinos, etc) que señala que algo no funciona sin que el sujeto lo tome como algo que en él no va bien, o que quiera cambiar. En otras ocasiones puede ser el propio sujeto quien manifiesta un malestar, pero como veíamos en el ejemplo, sin que esté dispuesto a hacerse cargo de ese malestar y abandonar la satisfacción en el sufrimiento. El abordaje por la palabra en psicoanálisis, requiere entonces ciertas condiciones que lo hacen posible, y que, al mismo tiempo, señalan los límites de su alcance. Porque cuando hablamos de hacerse cargo de la palabra inconsciente, de lo que hablamos es de dar un consentimiento (decir “sí, quiero”) a suponerle una causalidad psíquica, a suponer que más allá del síntoma como disfunción y malestar, hay algo en ello que le concierne y de lo que hasta el momento no ha querido saber nada. Por eso el psicoanálisis no es para todo el mundo, en el fondo cuesta aceptar que hay que bancar enterarse que uno tuvo que ver en la producción del síntoma, aunque la buena noticia sea que, por la misma razón, se tiene todo el poder para modificarlo ya que no depende de otro.
En síntesis: hay palabras poderosas, hay palabras cobardes y hay también palabras sugestivas. La clínica nos muestra que la palabra dicha tiene efectos y que de ella depende la eficacia del psicoanálisis. Se trata de un poder que toma su fuerza del lugar que el profesional ocupa en la transferencia y del uso discrecional que haga de este poder. El acto de palabra bajo estas coordenadas puede abrir una nueva dimensión del tiempo para que el paciente se haga responsable (responda) por sí y salga del goce en el dolor. Se trata de un tiempo y espacio subjetivo, para el duelo por lo que se fue y por lo que nunca podrá ser, para la pregunta acerca del ser, para la elaboración de la propia historia y para el renacimiento del deseo. Esta es la eficacia del psicoanálisis: construir un tiempo y un espacio de palabras poderosas, engarzadas en el cuerpo, para que el sujeto pueda identificarse a su síntoma, y convertirlo en el hilo de Ariadna que le otorgue una salida al laberinto.
Nota: No sabía si incluir esta cita como epígrafe o al final del texto, así es que se las incluyo como palabras finales para nuevos inicios. Espero les sirva para repensar un análisis.
“Ahora bien, toda palabra llama a una respuesta…no hay palabra sin respuesta, incluso si no encuentra más que el silencio, con tal de que tenga un oyente, y que éste es el meollo de su función en el análisis…El inconsciente es ese capítulo de mi historia que está marcado por un blanco u ocupado por un embuste: es el capítulo censurado. pero la verdad, puede volverse a encontrar; lo más a menudo ya está en otra parte. A saber: – En los monumentos: Y esto es mi cuerpo, es decir, el núcleo histérico de la neurosis donde el síntoma histérico muestra la estructura de un lenguaje (…) – En los documentos de archivos: son lo recuerdos de mi infancia, impenetrables tanto como ellos cuando no conozco su proveniencia. – En la evolución semántica: y esto responde al stock y a las acepciones del vocabulario que me es particular, como al estilo de mi vida y a mi carácter. – En la tradición también, y aún en las leyendas que bajo una forma heroificada vehiculan mi historia. – En los rastros que conservan inevitablemente las distorsiones, necesitadas para la conexión del capítulo adulterado con los capítulos que lo enmarcan, y cuyo sentido restablecerá mi exégesis.” Jacques Lacan Escritos I
Lic. Liliana Paz Mendez
Miedo a la libertad. La encrucijada del deseo
4 octubre, 2011
“Uds. se preguntarán si la experiencia de la libertad no se vuelve insostenible. La experiencia de la libertad se vuelve insostenible en la medida en que no se logra hacer nada con esa libertad. ¡Por qué queremos la libertad? Primero, la queremos, ciertamente por ella misma: pero también para poder hacer cosas. Si no se puede, si no se quiere hacer nada, esa libertad se convierte en la pura figura del vacío. Horrorizado ante ese vacío, el hombre contemporáneo se refugia rellenando laboriosamente sus “ratos libres, en una rutina cada vez más competitiva y acelerada. Al mismo tiempo la experiencia de la libertad es indisociable de la experiencia de la mortalidad. Un ser –individuo o sociedad- no puede ser autónomo si no ha aceptado su mortalidad.” El avance de la insignificancia- Cornelius Castoriadis-Psicoanalista
La libertad es un acto de desobediencia. Por ello, cada vez que rompemos los lazos con aquello que nos ataba a una tradición nos encontramos solos y atemorizados; al decidir perdemos momentáneamente la identidad que fue construida al hilo de una vieja atadura. Para superar el terror resultante de esa pérdida a veces nos vemos obligado a la conformidad más estricta, a buscar la identidad en el reconocimiento y la aprobación por parte de los demás. En buen criollo: necesidad de “ser amado” que se constituye en una trampa a nuestro deseo. Un ser que al “ser amado” pierde automáticamente su posibilidad de construir subjetividad.
El problema de la libertad es un problema dialéctico entre la negación y la afirmación, que son necesarias ante cada elección y decisión en nuestras vidas. La relación con nosotros mismos y la relación con los otros, traza límites difusos entre el ser para mí y el ser para o por los otros. Cuánto de lo que soy depende de mi autoafirmación y cuánto depende de la negación que me impone la cultura y la sociedad para dejar de ser lo que soy y pasar a ser otro?.
Como señala Jaques Lacan, ser un sujeto significa estar sujetado. Sujetado
al deseo, a la necesidad, al pasado, a la exigencia de proyectarse al futuro; cómo liberarnos de lo que nos sujeta, porque lo que sujeta también nos sostiene?: esta es la ambigüedad de la libertad.
Por ello la libertad siempre es riesgo, en razón de la difícil tensión entre sometimiento y soledad. Traslademos el problema de la libertad a los animales, supuestamente libres. Nos daremos cuenta del nivel de subordinación que les impone su naturaleza. Es el hombre el único capaz de obtener niveles de libertad impensados, ya que puede modificar no sólo el entorno y crear su propio hábitat, sino también modificarse a sí mismo. En razón de ello el deseo de libertad, inevitablemente ligado al miedo a lo desconocido, no es en sí mismo una característica estructural del hombre sino el efecto de un reconocimiento del vacío que se opone del otro lado (no todo se puede, la muerte como destino final) y que da cuenta de las posibilidades de autorrealización y sus límites.
Una vez escuché este cuento sufí: Un pajarito volador es adoptado por un ave que no sabe volar, y como es de esperar, a medida que el pajarito crece, también crecen sus alas. Luego de algún tiempo, una bandada de pájaros de su misma especie pasa por el pueblo donde habita. Su madre adoptiva cavila: “Si supiera volar, le enseñaría a mi hijo a hacerlo y lo vería retozar en el cielo con sus iguales”. Es interesante reflexionar que mientras, por su lado, el pajarito piensa: “Si mi madre, que es tan sabia, aún no me ha enseñado a volar, es porque no debe haber llegado mi tiempo de hacerlo”, la madre somete a sus propios límites, su deseo de que el pajarito despliegue sus alas. ¿Es el deseo materno que el pajarito vuele? Sin duda, pero no ha sido formulado ni en lenguaje (apertura de la posibilidad a través del pensamiento) ni en acto. Pese a ello el hijo, que confía en la sabiduría y bondad maternas, no duda respecto a este deseo de libertad que atribuye a su madre. Si sospechamos que mamá-ave pueda temer que el pajarito vuele, es no sólo porque mediante el vuelo la diferencia entre el pajarito y su madre se haría evidente sino porque de ese modo el pajarito se alejaría de ella. Pero alcanza con que este deseo de deseo (por la libertad) de la madre se presentifique para que el ave-hijo tenga la posibilidad de jugarse por ese deseo (aunque su madre no sepa volar). Que su madre-ave, se juegue por sus propios deseos es todo lo que un pájaro-hijo necesita para desplegar sus propias alas y levantar vuelo. Por eso la libertad es impensable sin representación de futuro y sin los limites que demarcan la diferencia entre yo y el otro y que despliegan las reales posibilidades de ejercicio de la libertad.
Estamos “condenados a ser libres” como afirmaba el filósofo existencialista J. P. Sartre y por ello no podemos escapar al designio existencial de elegir entre una u otra opción, y esa elección será nuestra responsabilidad de pararnos en el mundo y frente a él de manera única e irrepetible. Hablar de la libertad es comprometerse de entrada con lo Otro de la libertad, que no se es libre en el sentido estricto de cambiar el mundo exterior sino en el mucho más complejo de estar separado de lo Otro (y de asumir la diferencia en la acción). Separase es el movimiento necesario para des-sujetarse del Otro de la cultura. Esta es la verdadera vocación de subjetividad, libertad no significa hacer cualquier cosa. Es eso y sólo eso: o elegir asumir la diferencia o la cobarde indiferencia de las mullidas posaderas neuróticas. ¿Qué importa que Edipo en Colono se arranque los ojos, dando prueba de que no se puede ver eso que nos aliena a lo Otro y nos divide como sujetos, si no hace algo con ese saber? De algún modo en ese saber se abre una “nada” entre sus órbitas, nada que nadie podrá sacarle, ya que esa nada es libertad inevitable, que nos separa del mundo y hace de nosotros un sujeto libre de hacer algo con eso.
La falacia del empirismo conductista es suponer un sujeto que tiene siempre la posibilidad de adaptarse y que ello constituye su margen de libertad. El sujeto es efecto del lenguaje, nace en una cultura determinada y ni siquiera puede elegir su nombre. Pero esto no significa que se tenga que definir como simple pieza de una maquinaria simbólica estructural adaptable a los requerimientos de su cultura. Por el contrario, el sujeto es allí lo que falla, lo que no responde, lo imprevisible e incalculable. De nuestra posición de sujeto somos siempre responsables. El hombre no es nada, sino la disposición permanente de elegir y revocar lo que quiere llegar a ser. Nada nos determina a ser tal o cual cosa, ni desde fuera ni desde dentro de nosotros mismos, siempre estamos abiertos a transformarnos o cambiar de camino. Siempre se es libre ” dentro de un estado de cosas y frente a ese estado de cosas”. La libertad humana es la vocación de negar todo lo que nos rodea en la realidad y de proyectar otra realidad alternativa (posible y compartible/ofertable a otros) a partir de nuestros deseos y pasiones libremente asumidos. Podemos fracasar en el intento –de hecho siempre fracasamos-, siempre nos estrellamos de alguna manera contra lo real, “el hombre es una pasión inútil”- pero no podemos dejar de intentarlo ni renunciar a tal empeño.
Ahora bien queremos la libertad. Libertad para qué:? Para qué sirve la
libertad? Para hacernos cargo de nuestro deseo. Libertad para crecer, para desarrollarse y expresar al ser en toda su extensión y diferencia. Por el hecho de ser mortales (y darnos cuenta de ello), la vida se vuelve una auténtica aventura creativa. Asumamos pues (y disfrutemos el intento) de la búsqueda de la libertad como síntesis dialéctica de nuestras pulsiones y las imposiciones sociales, en un acto creador único y diferente, libre y responsable. Lo contrario es el triunfo del miedo ante la angustia de aquello que siempre será desconocido y sin garantías: la puesta en acto de nuestros deseos en la finitud de nuestro tiempo.
Lic. Liliana Paz Mendez
Andrés Calamaro “Presos de nuestra libertad”
Miedo a triunfar (pánico escénico): la claudicación del deseo
1 septiembre, 2011
La labor psicoanalítica nos ha descubierto el principio siguiente: los hombres, enferman de neurosis a consecuencia de la privación. Entendiendo por tal la privación de la satisfacción de sus deseos libidinosos…[para] la génesis de la neurosis es necesario que exista un conflicto entre los deseos libidinosos de un hombre y aquella parte de su ser que denominamos su yo, el cual es la expresión de sus instintos de conservación e integra su ideal de su propia personalidad…Así, pues, quedamos sorprendidos, y hasta desconcertados, cuando en nuestra práctica médica descubrimos que hay también quien enferma precisamente cuando se le ha cumplido un deseo profundamente fundado y largamente acariciado.
Sigmund Freud “Los que fracasan al triunfar”
El público se hace escuchar. Mientras se acerca al escenario, las manos le sudan y una vergüenza incontrolable se mezcla con una gran dosis de ansiedad, autoexigencia, impotencia y miedo a que se abra el telón. Otro ataque de pánico escénico puso su mente en blanco en el momento menos indicado. Es el mismo pánico que se presenta al momento de enfrentar una cita, una entrevista laboral, rendir un exámen o dar una clase.
Si bien se escucha “pánico escénico” en el ambiente artístico, este fenómeno es una experiencia universal del hombre, cuando se enfrenta a una situación nueva, en la que se le juega (desde su imaginario) “el todo por el todo”.
El pánico escénico es una experiencia de inhibición psicológica que perturba la posibilidad de desempeñarse en el rol que se está ejecutando cuando aparece un tercero que observa el desempeño. La mirada del otro actúa como elemento disparador de la evaluación que se hace de sí mismo. Se despierta el evaluador crítico interior que descalifica y desvaloriza la acción. No es posible apoyarse en el propio juicio, sólo queda el temor de que al otro no le guste lo que haga. O sea miedo al propio triunfo, o más correctamente: al triunfo de lo propio.
Es parte del desarrollo, que los juicios de las personas relevantes de la infancia se interioricen como ley. Sin embargo, si estos juicios se erigen como mandatos todopoderosos, no hay posibilidad alguna de que el YO pueda satisfacerlos. Ya no es un diálogo interno equilibrado que reconoce el error y aprende de él, sino una autoexigencia imposible que es vivida como un castigo permanente y como una descalificación del sí mismo. Este es el evaluador interno inmaduro que genera el miedo paralizante, inhibiciones permanentes para huir del castigo interior, que se manifiestan en los síntomas incontrolables del pánico escénico.
¿Cuáles son estos síntomas que activan señales de alarma para incomodarnos a último momento? Irónicamente, el pánico escénico arremete contra aquello que más vamos a necesitar, como la voz, las manos, las piernas. En todos los casos, se manifiesta en el lugar del cuerpo que más afecta la tarea. Esto se produce por una hiperinervación (activación) de las zonas del cuerpo utilizadas, que tiene la paradoja de producir goce en el dolor. Esta activación del organismo puede aparecer tanto antes (ansiedad) como durante (estrés) y su intensidad varía mucho de una persona a otra y también de una situación a otra aun para la misma persona.
Cuando esta activación fisiológica tiene una intensidad adecuada nos permite disponer de capacidades y recursos de inteligencia, de convicción, de observación, de concentración, etc. que nos ayudan y nos encaminan al cumplimiento de la tarea. Sin embargo, esta activación muchas veces es exagerada y produce temblores en las piernas y brazos, y sudoración exagerada, sequedad en la boca, confusión mental, malestar abdominal, dolores en el pecho o de cabeza, rigidez, incluso parálisis. Estos síntomas, con el tiempo también pueden producir afecciones físicas permanentes, ya que es común encontrar problemas posturales, contracturas, tendinitis, parálisis o nódulos en las cuerdas vocales. Hay que prestar atención a dichas sensaciones displacenteras, por pequeñas que sean. Son una señal de aviso de que la libido que debería ponerse en la tarea, ha empezado a satisfacerse (dolorosamente) en el síntoma. Ignorarlas, anestesiarlas o menospreciarlas agravará la situación. El miedo ignorado grita cada vez más fuerte para ser escuchado y aparecerán síntomas físicos más complejos y agravados.
Las causas del pánico:
Generalmente, “el salir a escena”, nos remonta a otras escenas que fueron traumáticas en nuestra vida, aunque en su momento no fueron vividas como tales. Esas escenas han quedado reprimidas y la ocasión posibilita que vuelvan a teatralizarse. Son situaciones donde el sujeto se sintió humillado, expuesto, burlado, con miedo, inseguro. Obviamente en esa época el Yo no podía tener control de la situación, por la disparidad de roles con los adultos. Esta información queda gradaba en el cuerpo y en el inconsciente. Cuando se está ante una situación que revive esa situación, el cuerpo re- experimenta las mismas emociones.
Ante el pánico escénico qué hacer: Éxito y fracaso esos grandes embaucadores.
No podemos modificar el pasado. Lo vivido ya fue. Tampoco sirve sobreexigirse en el momento de actuar, ya que sería tirar más leña al fuego. Por ello, la consulta con un profesional es el camino indicado para rastrear las causas del síntoma en el “mientras tanto”. Servirá para ejecutar uno (o varios) ensayos para “recrear” la obra de nuestra vida y cambiar el guión. Todas las familias cuentan con su propia “novela familiar”. Cada sujeto ha sido “nombrado” de determinada manera y ha asumido el rol que la novela familiar dispuso para él. Por ello, el sujeto deberá actuar activamente en la reescritura de dicha novela. Historizar e historizarse para autorizarse en un rol distinto al que le habían deparado los mandatos familiares. Esos roles asignados fueron importantes para el desarrollo, porque asignaron un lugar en el deseo de los padres y en la historia familiar. Pero en la adultez, se vuelven caducos. Sostenerlos implica una poderosa carga que hace “sudar la gota gorda” para estar a la altura de las circunstancias (impuestas por los otros). Escuchar esas voces y confrontarlas con el propio deseo es el camino adecuado para superar las propias inhibiciones. En este proceso es conveniente buscar un “crítico benévolo” para que mire nuestra actuación. Deberán ser críticos constructivos frente a los cuales ensayar nuestra obra, hasta lograr el punto justo en que nos sintamos cómodos con su ejecución.
Por último, no debemos menospreciar la presión de un mandato particular de nuestro tiempo: el éxito a toda costa. Este exitismo es un tirano que redobla las voces superyoicas que se agitan en nuestro interior para hacernos gozar en la impotencia. Cuestionemos pues, éxito y fracaso. Ambos son un todo-todo o todo-nada, pero todo al fin. Por ello, para la vida, como para el arte, vale la máxima de Van Der Rohe: menos es más Como sabemos la vida es finita, todo no se puede. Pequeños logros son mejores que “la actuación de mi vida”, donde se juega el todo por el todo. Cantemos con Joan Manuel Serrat: “uno es sólo lo que es y anda siempre con lo puesto”. Y si “nunca es triste la verdad…”, nuestros síntomas tienen remedio: hagamos con lo puesto el camino para el logro de nuestros deseos más personales. El arte, como el espacio psicoanalítico posibilitan ese lugar creador donde poder ensayar la vida de otra manera.
Lic. Liliana Paz Mendez
Psicóloga-MN 48359
Clínica de Adolescentes y Adultos
Orientación Vocacional y Ocupacional
Acompañamiento terapéutico
39661138/1559428070
Email: psyche.ar@hotmail.com
Soy Sinceramente tuyo por Joan Manuel Serrat
(Des) Amor sin límites: la imposibilidad de decir no
1 agosto, 2011
“Lo que está descubierto requiere la vista, lo que está oscuro requiere el saber” Cábala.
Al lector desprevenido le anticipo que este escrito es una apología del límite, un festejo de la interrelación de lo diverso. Por que NO, antes que papá y mamá es la primera palabra que aprenden los bebés para diferenciarse.
Un límite es un No para el otro, porque ya lo fue para uno mismo. No: es el último acto de dignidad. Es un “No, basta!, he llegado a mi límite”. Ese No no es una negación del pasado, es una afirmación del futuro. Porque sólo quien sabe decir No, puede decir un Sí comprometido y confiado.
No poner límites es una manera de desamparo, de abandono. Es bajar los brazos ante una situación caótica que seguramente no fue delimitada amorosamente por quien debió hacerlo en el pasado, ya sea que se colocaran límites muy laxos, casi borrosos o bien límites autoritarios (límites que no se aplican a quien los pone). Poner límites es una actividad principalmente negativa, significa delimitar algo, significa: “si querés ser parte de esta familia hay un conjuntos de “no” que no se pueden violar”. Significa marcar la cancha, el juego de la convivencia cotidiana se da dentro de estos espacios, fuera NO. Pero el juego lo jugamos todos en ese contexto, porque si alguno se sale es un transgresor, alguien que se queda solo y desolado, por que la verdad es que si no existieran las prohibiciones, no habría incentivo suficiente para jugar. Porque jugar fuera de la cancha, transgredir, lo hace cualquiera. Pero hacer gambeta dentro de la cancha y jugar el propio juego saliendo victorioso, es más difícil…y más divertido y desafiante. Tiene una clase de adrenalina cuya dosis es la adecuada, impulsa en la vida sin pagar costos, lo contrario es la enfermedad: adicciones, depresiones, obsesiones, inhibiciones e impotencia y sometimiento. Y en la enfermedad nadie gana, ni el que somete ni el que es sometido, ni el que se queda desamparado fuera de la cancha.
Poner límites significa no lo sé todo, no puedo todo, te necesito conmigo. La no puesta de límites genera actings (acciones transgresoras) que son un llamado de atención hacia ese otro que parece ser indiferente en delimitar una cancha donde el juego se juegue con el otro y no sin el otro. El efecto pacificante no está en el texto del límite (el contenido no importa tanto) sino en el deseo que da lugar a otro deseo de jugar juntos. Deseo y ley conforman un nudo enigmático. Desde allí debemos pensar que la ley pueda funcionar encarnada en alguien que se compromete al aplicarla auténticamente y no como mera palabra. La ley en el plano simbólico es palabra vacía, pero en su borde real es voz deseante y comprometida que sostiene la palabra en la “puesta de límites” para seguir apostando a la vida.
Un límite también marca la separación y la diferencia. Delimita la necesidad del ser humano de diferenciarse y de tener un espacio propio. Hay un reconocimiento de lo diferente, hay un otro ahí, siendo, en esta diferencia. Es la respuesta al “Ser o no Ser”
Es “oxigeno” para cualquier relación, porque sólo desde la diferencia puede establecerse un proyecto conjunto, porque si el otro es mi espejo, para qué lo necesito?.
El límite también es la marca que hace un corte a la angustia del vacío existencial. Ya no todo es vacío. Hay un significado posible, que tiene la ventaja de ser compartido y por lo tanto facilita el encuentro. En el desierto todos estamos perdidos.
Ciertamente, quien marca límites es la cultura, que define como se determinan o consiguen esos espacios. Pero además, hay que considerar el aspecto vital para el ser humano, de desarrollarse (libremente) dentro de esta marcación de espacios. Es decir hacerse responsable de su propia vida, sin someterse a los designios de la cultura de su tiempo (en buen criollo, encontrar posibilidades dentro de lo permitido). Pero también el límite separa a los hijos de los padres, no sólo de los mandatos culturales. Los hijos tienen sus propias tierras, sus propias posesiones, fundan su propia familia. Se construyen historias distintas.
El límite confirma a los padres en un lugar necesario, el lugar de la castración, de la muerte, rompiendo con toda omnipotencia sobre el propio espacio y sobre el espacio del otro. Un lugar de (y entre) mortales.
Cuando los espacios y los límites se marcan con confianza y seguridad se reivindica el valor de la palabra, se reivindica el amor. Desde allí límites no es autoritarismo sino oposición constructiva, de una significación posible para el conflicto y una solución “ganar/ganar” para ambas partes. El abuso, resta. Las necesidades del otro se imponen en perjuicio propio. La oposición constructiva, suma. La visión opuesta y alternativa del otro enriquece la visión propia. En el ideal de negociación se acepta la dependencia recíproca y se alcanzan consensos que recogen las necesidades de ambas partes. Esto requiere dos capacidades paradójicas y propias de una aparato psíquico sano. Por una parte, se necesita la valentía de poner en juego las propias necesidades resistiendo toda clase de miedos a la reacción vengativa del otro. Y por otra parte, es preciso aprender a ceder en el sentido abandonarse en los brazos del otro. Esta es la diferencia entre ceder y someterse. Mientras que someterse es una perversión, ceder implica una ampliación de nuestra conciencia y una apertura a la alteridad, gracias a la experiencia de vivir una situación desde la subjetividad del otro.
El límite no es un corte, es un cosido, un entramado. Se trata de una operación cuya finalidad es una reunión de lo diferente, como cuando se fusionan dos ritmos musicales. El límite es como el juego, porque otorga un significado. Sin juego no hay límite y de hecho para el niño no hay mejor ingreso al límite que a través del jugar, por eso lo practica en tantos juegos que le están dedicados. Lo único creativo que podemos hacer con la violencia del no límite es jugarla, lo cual ahorra todo lo posible reprimirla, operación ésta por su parte no eliminable pero de limitada eficacia. El límite es también decir NO a la novela familiar, para desplegar la historia propia. Lo mismo es decir NO a las exigencias de la sociedad de consumo, que avanzan para manipular al sujeto.
En síntesis: un límite es una construcción, un entretejido entre-dos. La falta de límite es la auténtica muralla que nos separa del otro, cuyo límite es traicionarse en el deseo para poder seguir siendo (mal) querido.
Lic. Liliana Paz Mendez
Psicóloga-MN 48359
Clínica de Adolescentes y Adultos
Orientación Vocacional y Ocupacional
Acompañamiento terapéutico
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