La pérdida de la individualidad en la pareja. El deseo ahogado

3 abril, 2012

En el estado de enamoramiento, lo que une a la pareja es una fantasía vincular inconsciente, con una ilusión de completud que en última instancia se dirige a negar la ausencia, la falta y la carencia.

Se denomina colusión a esta fantasía inconsciente que constituye un acuerdo (no sabido) entre ambos cónyuges. Este acuerdo tiende a estereotipar los roles y de allí que la relación se vuelve patológica. Se perpetúa el estado inicial de enamoramiento, que sostiene a la pareja unida, aunque cada uno de los cónyuges ahora padezca la relación.

Por el contrario, una pareja enriquecedora logra que la díada se deslinde con claridad respecto al exterior y entre sí, y los cónyuges se perciben como pareja, pero a la vez son capaces de exigirse espacio y tiempo propios, respetando los límites entre ellos. Los límites no son rígidos ni impenetrables . Cada miembro de la pareja puede alternar su posición entre la posición regresiva (sumisión a la espera de satisfacción de necesidades y cuidado) y la posición progresiva (conductor de la situación y suministro de cuidados), según la situación lo amerite y acorde a sus propias fortalezas.

Juegos de pareja:

Cada contrato matrimonial inconsciente (colusión), puede ser considerado como un juego que la pareja repite una y otra vez durante una relación neurótica, sin la posibilidad de improvisar nuevas formas de relacionarse e intercambiar roles. Este comportamiento produce una relación simbiótica, que puede fracasar en situaciones de crisis, cuando la colusión deja de ser instrumental. No todo conflicto matrimonial es una colusión, pero todo conflicto puede degenerar en un intento de solución irracional al convertirse en una colusión neurótica por su carácter de defensa.

Se observan teóricamente cuatro tipos de juegos, aunque en la realidad práctica de cada pareja pueda haber variaciones y combinaciones

Almas gemelas: juego predominantemente narcisista,  busca establecer un pacto en donde la relación favorezca que el narcisista complementario con su deficiente sentimiento de sí mismo, encuentre en el cónyuge un sustituto idealizado-salvador. El narcisista-salvador, por su lado, halla en esta idealización un sentimiento positivo de estima con el cual compensar sus experiencias infantiles. Se consigue así la fantasía de la “armonía en la fusión”. Este juego es producto de la personalidad narcisista insegura, egoista, en permanente búsqueda de éxito, la cual se articula con los mandatos de nuestra cultura hoy. Buscan conservar la “perfecta armonía” y a la vez se hallan en una posición paranoica, desconfían del amor por temor a ser defraudados. Se sienten fuera del mundo, con la sensación de un vacío permanente (tengo de todo y no soy feliz), lo cual compensan con actividades hipomaníacas y entablando continuamente relaciones sociales. Se miente al compañero para evitarle (y evitarse) cualquier desvío respecto del ideal. En el pasado infantil el narcisista se enfrentó a la paradoja de que sólo podría ser “Yo mismo si me porto conforme a la imagen de mí mismo que tiene mis padres”.  En este juego existen diversos grados. Desde una pareja fantaseada (especular) donde la pareja es idéntica a la imagen de sí mismo. Pasando por la degradación del amor, en el sentido de relaciones superficiales e intensas y pasajeras, a veces con prostitutas donde no se llega al encuentro interhumano y sólo se satisfacen las propias necesidades. Finalmente encontramos el tipo “Yo mando”. Es una relación donde se le exige al objeto de amor que esté totalmente “pendiente del amo”.  Para el cónyuge que se entrega, los logros del otro son sus propios logros. Pero, al fundirse con el narcisista paradójicamente ejerce un fuerte control sobre él.

Sí cariño. En este pacto se realiza la fantasía de que uno como “madre” debe cuidar al “niño desamparado”. En la primera infancia, la satisfacción de las necesidades de estos sujetos oscilaron entre una atención desmesurada y una frustración incomprensible  Como consecuencia de esta relación filial infantil, estas personas sufren una fuerte baja de autoestima, se resignan y se vuelven pasivos ante cualquier actividad y a la vez se desprecian. Tienen una actitud de exigencia hacia el  consorte, que puede producir un efecto castrador en éste ya que no podrá cumplir las expectativas de satisfacción de las necesidades de su pareja. Por un lado exigirá que su partenaire satisfaga sus necesidades ilimitadamente y por el otro temerá la dependencia. Aparecerá así el odio hacia el compañero. El otro consorte “fracasará” en este juego. Le reprochará a su pareja,  todo lo que por amor a él ha sacrificado, esperando reconocimiento. En algunos casos  ambos cónyuges desean estar en la misma posición (o dominador o dominado). En estos casos el conflicto se dirimirá colocando a un tercero (p.ej. un hijo)  en la posición de enfermo o de salvador.

 

Hagamos la guerra  (o el amor como lucha por el poder). En este pacto inconsciente, los cónyuges buscan saciar sus necesidades de dominio. En su vida infantil, fueron sujetos sometidos a padres exigentes, que los hicieron temer por la pérdida del amor si no controlan la situación. Por ello la persona quedó condicionada a ciertas técnicas de lucha que luego trasladará a su vida matrimonial. Este pacto puede presentarse con dos tipos de roles: falso-pasivo y activo. En el formato falso-pasivo pueden someter al otro con su aparente pasividad y terquedad,  permaneciendo en silencio o mintiendo para no otorgar el control. Se comportan regresivamente respecto al cónyuge. Dejan todo en manos del otro, pero a diferencia del carácter de sometimiento del juego “sí cariño”, el objetivo es intentar dominar al otro, porque el carácter pasivo sólo es una apariencia, en todo se cede sin convicción y siempre aparece la crítica. Generalmente buscan controlar al cónyuge con el control de los gastos familiares o bien recurriendo a relaciones extramatrimoniales ocultas. Huyen de las pretensiones de aseo del consorte por medio de los olvidos y torpezas En las formas activas será el sujeto ávido de poder y predominantemente sádico que buscará lograr su autonomía a través de la dependencia del cónyuge y las agresiones. En la pareja manifiestan el deseo de poseer y manejar todo lo material y el saber (controlar todo lo que su pareja piensa y siente). Predomina el amor al orden, la minuciosidad, el afán de ahorro, siempre al servicio del ejercicio del poder. El ataque continuo es exteriorización del miedo a someterse al otro. Por ello es infrecuente que aparezcan tendencias de amor restauradoras de la relación. En este caso la lucha por el poder convierte a la relación en una relación simétrica (a diferencia de la colusión Almas Gemelas, en la que es complementaria). La lucha por el poder también se exterioriza en el plano sexual. Se conforma una especie de “ritual de amor”. Las escenas de combate conducen directamente a relaciones sexuales. También puede aparecer el juego mutuo de celos-infidelidad. Uno de los cónyuges representa su autonomía por medio de una relación extraconyugal obligando al consorte a ponerse a la defensiva y a mantener la estabilidad a la relación..

 

Qué si, qué no: Esta colusión es el prototipo de matrimonio histérico. El carácter histérico es veleidoso y superficial en sus relaciones emocionales. Las escenas que dramatizan les permiten compensar el sentimiento de vacío interior y proyectar sus conflictos fuera de sí mismos. Manipulan el entorno mostrándose débiles, enfermos y en algunos casos con amenazas de suicidio. Temen al contacto íntimo por miedo a entregarse o a ser dominados. Necesitan un consorte absolutamente confiable y que se dedique enteramente, sin que pueda ser peligroso en términos de dominio. El partenaire histerófilo, se relaciona en su niñez con cuidadores dominantes. Para poder sustituir la pérdida del rol materno, sienten la necesidad de tratar a su pareja como quisieran que sus cuidadores los hubieran tratado a ellos, sacrificándose en el matrimonio para lograr el aprecio de la familia. A diferencia de la mujer histérica, el hombre histerófilo se exhibe a través de su mujer (la ve como única, irrepetible). El hombre se ve llamado a salvar a su mujer de sus complicaciones y necesidades, de esta manera se garantiza la constante entrega de afecto. La mujer intenta al principio superar la sensación de inferioridad femenina identificándose con su marido. El marido se identifica con la imagen que su mujer proyecta sobre él (ayuda materna y noble caballero). La histérica fomenta las proyecciones pero conserva siempre el control de la situación de modo tal que el marido no logre un valor superior. A la larga a la mujer histérica no le sirve la identificación con su marido ya que por un lado le gustaría un marido potente pero por el otro no puede soportarlo. El conflicto puede desencadenarse cuando el crecimiento de la propia estima del marido, provoque paralelamente una primitiva necesidad de protección infantil. La mujer rechazará estas aspiraciones ya que no quiere asumir responsabilidades maternas respecto de su marido. Aparecerá desprecio hacia el marido por su debilidad. Generalmente la histérica intentará “activar” a su marido insultándolo en público, con reacciones de celos y amenazándolo. Se desarrollará un círculo vicioso donde la mujer se quejará de la falta de temperamento del varón y el varón se parapetará en su posición de santo y mártir

Se acabó el juego. Y si nos damos un recreo?

Estos juegos neuróticos sólo se resuelven cuando las parejas deciden realizar otro contrato, esta vez consciente, luego de haber hecho conscientes sus colusiones. La otra forma en que terminan (dolorosamente) es con el divorcio, pero si cada cónyuge no revisa el juego que jugó con su ex pareja,  lo más probable es que lo repita con otro partenaire.

El amor dentro de una relación saludable, sólo se puede constituir cuando se abandonan las expectativas inconscientes respecto del otro y la esperanza ilusoria de que el otro se atenga al guión de personaje-partenaire que le da sentido al propio personaje. Crecer, subjetivarse implica  reconocer al otro como un legítimo “otro” en la convivencia. Forjarse expectativas imposibles de ser satisfechas por la pareja, determina un vínculo patológico capaz de destruir la vida de cada uno de los cónyuges en lugar de la construcción amorosa del “nosotros”.  La construcción amorosa del nosotros en cambio, implica la puesta en juego del propio deseo vía un trabajo previo de descubrimiento individual, que sólo se pone en juego con otro deseo que realizó el mismo camino individual, para construir un “entre-dos” que evite el “ahoga-dos” de los juegos inconscientes.

Lic. Liliana Paz Mendez

Psicóloga-MN 48359

Clínica de Adolescentes y Adultos

Orientación Vocacional y Ocupacional

Acompañamiento terapéutico

Email: psyche.ar@hotmail.com

Cel/Whatsapp 1559428070

 

Monólogo: El matrimonio es el suicidio del amor? Actor Esteban Pecoche

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