Goce en el dolor: La claudicación del deseo

Luca Signorelli: “Frescos de Orvietto”

Hablar del goce en el dolor implica adentrarse en el problema de lo real, como lo imposible de ser puesto en palabras. Conceptos éstos, muy abstractos, que utiliza el psicoanálisis, para bordear lo indecible.

Estamos en el orden de algo se  produce más allá de la voluntad, de ese dolor existencial que marca la vida de todo ser humano.

Un cuerpo no pesa, duele, porque es un cuerpo mortificado por las palabras, que nada pueden decir acerca de qué es la vida y la muerte. Apartados así de lo simbólico, suplementamos lo no dicho con descripciones imaginarias, cuya belleza nunca describe acabadamente, lo real de nuestra existencia (la fuerza de la poesía no es la belleza de las palabras, sino el acorde misterioso que en nosotros despiertan). Entonces: todo es dolor y pérdida? En el momento más oscuro, en la pesadilla más siniestra, una fuerza nos rescata. Es el hilo invisible que se teje alrededor de la vida del sujeto. El erotismo es exclusivamente humano. El hombre es el único ser vivo que no dispone de una regulación fisiológica y automática de su sexualidad. Es el deseo el que se erige, entre la impotencia de la palabra y el dolor del cuerpo, para hacer resurgir la relación del sujeto conla Vida. Es la recompensa que recibe el hombre por la pérdida que implica ser un “ser para la muerte”. El deseo no es más que un rodeo para compensar algo del goce, perdido para siempre, con Otro completo con el cual fundirnos. Mientras buscamos ese encuentro imposible, la pasión nos hace tropezar, con dolor, con el límite de una imposible relación sexual-Toda, ya que la fusión es la muerte del sí mismo.

Hay entonces encuentro fallido, queda sólo la nostalgia. A ese dolor lo encontramos en el discurso amoroso. “me duele el otro”, “me duele el corazón”, es el dolor que produce el cuerpo del otro y se le pide a la piel que responda. Cito al respecto una frase del poeta Octavio Paz: “lo erótico, una armonía con tal fuerza, que yo había conocido hasta ahora únicamente en el dolor”.

El dolor es la irrupción de grandes cantidades de energía y cuando se presenta no hay obstáculo que pueda oponérsele, es un imperativo de goce en el dolor. En la dialéctica de la pulsión hay búsqueda por parte del sujeto de esa parte de sí perdida para siempre, donde eso perdido se instala por ser viviente, sexuado y mortal. Se impone “taponar el agujero existencial” por donde se escurre la vida.

Por eso frente a nosotros se despliegan todos los fenómenos de adicciones (las socialmente aceptadas y las otras), que se producen por ese goce que no es más que la vuelta de la pulsión sobre si mismo, allí donde Eros (Vida) se separa de Tánatos (Muerte). Algo que debiera deslizarse hacia el objeto de amor, se condensa como sufrimiento. El goce como un exceso intolerable, más allá del placer, se revela en el sentido común en expresiones como “morirse de risa”, o en el caso de la sexualidad, está también la expresión francesa de la pequeña muerte (petite mort) para referirse al orgasmo. En el sentido común asoma pues la idea de un placer mortífero, intolerable, cuyo atravesamiento nos situaría en las puertas mismas de la locura o la muerte.

Estamos condenados entonces a una vida de sufrimientos?

Si bien cada crisis, es una pequeña muerte, un pasaje de un estado a otro que manifiesta en forma descarada el dolor de vivir, existe una salida. El secreto está en acotar el goce, limitar el agujero existencial. Acotar no es taponar. No es volver a encontrar un nuevo objeto que nos dé la ilusión de completud,  porque eso sería condenarnos a una nueva adicción.

Acotar está del lado de la puesta en acto del deseo, del redireccionamiento de la fuerza del dolor, hacia la fuerza impulsora del deseo. Es un “saber hacer con eso que duele”, cambiando el goce mortífero por Otro goce, que es ese loco intento puesto en la construcción de lo más genuino de nosotros mismos. Es amar el deseo y no el objeto de deseo. El objeto del deseo puede perderse, pero el deseo es la llama que evita que nos perdamos a nosotros mismos, en el goce mortífero de una supuesta fusión (ficción) con el objeto de deseo. Después del dolor de la pérdida, existen dos caminos: o regodearse en la pena y la nostalgia, o salir nuevamente a la vida, con lo único salvado del naufragio: la fuerza del deseo.

“Aún en esta noche,

en la que duele la vida,

el amor se expande

en el deseo de seguir deseante”

Lic. Liliana Paz Mendez

Psicóloga-MN 48359
Clínica de Adolescentes y Adultos
Orientación Vocacional y Ocupacional
Acompañamiento terapéutico

Cel/Whatsapp 1559428070

Pequeña canción para Matilde. Letra Pablo Neruda. Música Astor Piazzolla

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