(Des) Amor sin límites: la imposibilidad de decir no

Outside View – Rigel Sauri

“Lo que está descubierto requiere la vista, lo que está   oscuro requiere el saber” Cábala.                                                             

Al lector desprevenido le anticipo que este escrito es una apología del límite, un festejo de la interrelación de lo diverso. Por que NO, antes que papá y mamá es la primera palabra que aprenden los bebés para diferenciarse.

Un límite es un No para el otro, porque ya lo fue para uno mismo. No: es el último acto de dignidad. Es un “No, basta!, he llegado a mi límite”. Ese No no es una negación del pasado, es una afirmación del futuro. Porque sólo quien sabe decir No, puede decir un Sí comprometido y confiado.

No poner límites es una manera de desamparo, de abandono. Es bajar los brazos ante una situación caótica que seguramente no fue delimitada amorosamente por quien debió hacerlo en el pasado, ya sea que se colocaran límites muy laxos, casi borrosos o bien límites autoritarios (límites que no se aplican a quien los pone). Poner límites es una actividad principalmente negativa, significa delimitar algo, significa: “si querés ser parte de esta familia hay un conjuntos de “no” que no se pueden violar”. Significa marcar la cancha, el juego de la convivencia cotidiana se da dentro de estos espacios, fuera NO. Pero el juego lo jugamos todos en ese contexto, porque si alguno se sale es un transgresor, alguien que se queda solo y desolado, por que la verdad es que si no existieran las prohibiciones, no habría incentivo suficiente para jugar. Porque jugar fuera de la cancha, transgredir, lo hace cualquiera. Pero hacer gambeta dentro de la cancha y jugar el propio juego saliendo victorioso, es más difícil…y más divertido y desafiante. Tiene una clase de adrenalina cuya dosis es la adecuada, impulsa en la vida sin pagar costos, lo contrario es la enfermedad: adicciones, depresiones, obsesiones, inhibiciones e impotencia y sometimiento. Y en la enfermedad nadie gana, ni el que somete ni el que es sometido, ni el que se queda desamparado fuera de la cancha.

Poner límites significa no lo sé todo, no puedo todo, te necesito conmigo. La no puesta de límites genera actings (acciones transgresoras) que son un llamado de atención hacia ese otro que parece ser indiferente en delimitar una cancha donde el juego se juegue con el otro y no sin el otro. El efecto pacificante no está en el texto del límite (el contenido no importa tanto) sino en el deseo que da lugar a otro deseo de jugar juntos.  Deseo y ley conforman un nudo enigmático. Desde allí debemos pensar que la ley pueda funcionar encarnada en alguien que se compromete al aplicarla auténticamente y no como mera palabra. La ley en el plano simbólico es palabra vacía, pero en su borde real es voz deseante y comprometida que sostiene la palabra en la “puesta de límites” para seguir apostando a la vida.

Un límite también marca la separación y la diferencia.  Delimita la necesidad del ser humano de diferenciarse y de tener un espacio propio. Hay un reconocimiento de lo diferente, hay un otro ahí, siendo, en esta diferencia. Es la respuesta al “Ser o no Ser”

Es “oxigeno” para cualquier relación, porque sólo desde la diferencia puede establecerse un proyecto conjunto, porque si el otro es mi espejo, para qué lo necesito?.

El límite también es la marca que hace un corte a la angustia del vacío existencial. Ya no todo es vacío. Hay un significado posible, que tiene la ventaja de ser compartido y por lo tanto facilita el encuentro. En el desierto todos estamos perdidos.

Ciertamente, quien marca límites es la cultura, que define como se determinan o consiguen esos espacios. Pero además, hay que considerar el aspecto vital para el ser humano, de desarrollarse (libremente) dentro de esta marcación de espacios. Es decir hacerse responsable de su propia vida, sin someterse a los designios de la cultura de su tiempo (en buen criollo, encontrar posibilidades dentro de lo permitido). Pero también el límite separa a los hijos de los padres, no sólo de los mandatos culturales. Los hijos tienen sus propias tierras, sus propias posesiones, fundan su propia familia. Se construyen historias distintas.

El límite confirma a los padres en un lugar  necesario, el lugar de la castración, de la muerte, rompiendo con toda omnipotencia sobre el propio espacio y sobre el espacio del otro. Un lugar de (y entre) mortales.

Cuando los espacios y los límites se marcan con confianza y seguridad se reivindica el valor de la palabra, se reivindica el amor. Desde allí límites no es autoritarismo sino oposición constructiva, de una significación posible para el conflicto y una solución “ganar/ganar” para ambas partes. El abuso, resta. Las necesidades del otro se imponen en perjuicio propio. La oposición constructiva, suma. La visión opuesta y alternativa del otro enriquece la visión propia. En el ideal de negociación se acepta la dependencia recíproca y se alcanzan consensos que recogen las necesidades de ambas partes. Esto requiere dos capacidades paradójicas y propias de una aparato psíquico sano. Por una parte, se necesita la valentía de poner en juego las propias necesidades resistiendo toda clase de miedos a la reacción vengativa del otro. Y por otra parte, es preciso aprender a ceder en el sentido abandonarse en los brazos del otro. Esta es la diferencia entre ceder y someterse. Mientras que someterse es una perversión, ceder implica una ampliación de nuestra conciencia y una apertura a la alteridad, gracias a la experiencia de vivir una situación desde la subjetividad del otro.

El límite no  es un corte, es un cosido, un entramado. Se trata de una operación cuya finalidad es una reunión de lo diferente, como cuando  se fusionan dos ritmos musicales. El límite es como el juego, porque otorga un significado. Sin juego no hay límite y de hecho para el niño no hay mejor ingreso al límite que a través del jugar, por eso lo practica en tantos juegos que le están dedicados. Lo único creativo que podemos hacer con la violencia del no límite es jugarla, lo cual  ahorra todo lo posible reprimirla, operación ésta por su parte no eliminable pero de  limitada eficacia. El límite es también decir NO a la novela familiar, para desplegar la historia propia. Lo mismo es decir NO a las exigencias de la sociedad de consumo, que avanzan para manipular al sujeto.

En síntesis: un límite es una construcción, un entretejido entre-dos. La falta de límite es la auténtica muralla que nos separa del otro, cuyo límite es traicionarse en el deseo para poder seguir siendo (mal) querido.

Lic. Liliana Paz Mendez

Psicóloga-MN 48359

Clínica de Adolescentes y Adultos

Orientación Vocacional y Ocupacional

Acompañamiento terapéutico

Email: psyche.ar@hotmail.com

Cel/Whatsapp 1559428070

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s