Lo que hablamos en sesión y la eficacia del psicoanálisis.

La Mona Lisa por Andy Warhol

En el principio era el Logos, y el Logos era con Dios, y el Logos era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas” (Jn. 1:1-3)

¿Qué hacer con el malestar del paciente? Nos preguntamos los profesionales de la salud. Y pareciera que la opción hoy es bipolar: o la palabra o  los fármacos. Falsa postura que desconoce la constitución estructural del hombre: el logos. Entonces, en algunos casos habrá necesidad de fármacos, pero siempre habrá necesidad de hablar sobre el acontecer angustiante. Y este es el poder de la palabra. La palabra está inscripta ahí, en nuestro inconsciente. Recibimos palabras desde el inicio, como recibimos la leche materna. Para el psicoanálisis, como dice Lacan, “Toda palabra llama a una respuesta, aunque sea el silencio, pero siempre la presencia del oyente”. Y la eficacia del psicoanálisis, tiene que ver en parte con el encuentro con el saber que porta nuestro inconsciente a través de la transferencia facilitada con la presencia del analista. Todo en el hombre habla acerca de su ser: Su cuerpo cuando grita de dolor en el síntoma, sus recuerdos infantiles y la novela familiar armada respecto de sus orígenes, pero fundamentalmente habla con la letra singular, cada palabra que aparece ahí, en un momento, y que entre los infinitos sinónimos que tiene la lengua, es elegida especialmente, más aún, a esa palabra le es otorgado un significado singular y único. Entonces, la palabra no es inocente. Puede ser usada para hipnotizar y transmitir ideologías, corrompiendo el valor de la palabra y modelando al sujeto en función de otro. Palabra sugestiva, con función pedagógica, más no palabra terapéutica. O bien la palabra puede ser escuchada por el analista y devuelta al sujeto para que descubra la verdad de su ser, palabra plena y reparadora.

De qué palabra hablamos cuando hablamos de palabra sanadora?. En la era del consumismo, la palabra no escapa del “empuje al fármaco” o del “empuje a contarlo todo”. Hay pastillas para todo, pero también hay psicoterapias para todo. Psicoterapias que generan dependencia del terapeuta, puesto en el lugar de gurú moderno o hechicero sanador. También acumulamos en la biblioteca libros de autoayuda publicitados como poseedores del secreto de la felicidad, algunos con cuadernillos de ejercicios para alcanzarla. Palabras, palabras y más palabras, palabras vacías más no inocuas, cada vez que nos “pican la cabeza” para entregar el bolsillo, como dice una paciente. Pastillitas de felicidad, algunas actuando como placebos, otras con poderosos efectos secundarios (piénsese en las distintas sectas que acabaron en suicidios colectivos). Ninguna de estas palabras puede dar cuenta de la verdad del sujeto: el sujeto está dividido en su relación con la palabra: por un lado la palabra del otro, que presta su materialidad su inconsciente, y por el otro, la palabra propia, marcada en el cuerpo y por ello imposibilitada de  decir ¿quién soy?.
La clínica nos muestra esta división, por ejemplo cuando el paciente dice más de lo que cree estar diciendo (en un sueño  chiste, fallido, o en un lapsus); o cuando testimonia de su esfuerzo para encontrar palabras que nombren su malestar (o para negarlas). Un saber del que no se quiere saber nada, excepto cuando la angustia se vuelve insoportable.
Por ello en un psicoanálisis buscamos que el malestar puede formalizarse bajo la forma del discurso, en el que el sujeto toma lugar, toma posición respecto de sus palabras. El sujeto es activo. Decide si se hace cargo o no de lo que escucha de su inconsciente. Sólo la palabra del inconsciente del paciente está en juego, lo contrario es adoctrinamiento (el psicoanalista no da consejos). Les daré un ejemplo acerca de lo que quiero decir con tomar posición de la palabra propia: Luego de varias visitas fallidas (anula, llega tarde, no le avisan) recibo a una mujer que dice “quiero estar bien; ser feliz”. Formula una larga queja de su situación familiar, nefasta e insoportable a la que acusa como responsable de su estado depresivo. Esta situación se mantiene desde hace años. Le pregunto si pidió ayuda anteriormente y me explica que una vez le recetaron ansiolíticos, pero ella no los tomó y acudió a un Counselor Psicológico. Él le dijo que tenía que separarse y que la podría ayudar, pero ella dejó de ir  porque  no quiere “saber nada”, no quiere “complicaciones”. Al terminar la sesión le digo que puede volver, “si en algún momento quiere saber algo de eso” de lo que no podía separarse. Como verán la demanda es “decime que hacer, para que todo cambie sin cambiar nada”, pero la verdad es que son pacientes que van a contar siempre lo mismo, y nunca van a hacer nada. Y también es cierto que el analista ayudará a que la verdad del paciente se escuche, pero que no es quien para decir que hacer (y esto a algunos pacientes no les gusta). Muchos pacientes son reticentes a desprenderse de sus síntomas, y por ende, reacios a la cura. Porque todo síntoma si bien encierra un sufrimiento, depara una satisfacción inconsciente, de la que el sujeto no se desprende fácilmente. Entonces no necesariamente el “hablar” es  terapéutico por sí mismo. Contar palabras en sesión no es lo mismo que hacerse cargo de las propias palabras (saber inconsciente) y hacer algo al respecto.
Y entonces cuál es la eficacia de la palabra en un psicoanálisis?
Como veíamos, la manifestación de un síntoma, puede convocar diferentes respuestas y vías de abordaje (fármacos, terapia, psicoterapia, psicoanálisis).
El abordaje por la palabra en psicoanálisis se diferencia de otros abordajes, ya que supone ciertas condiciones, algunas del lado del analista, otras del lado del paciente.
Del lado del  analista, éste ha de estar en disposición de escuchar y de dar fe acerca de la verdad del inconsciente, habilitando y sosteneniendo un espacio para que el paciente pueda elaborar una respuesta a su malestar y vencer sus resistencias.
Del lado del paciente, encontramos que para que haya síntoma es necesario creer en él. Esto implica en primer lugar que el paciente acepte la verdad que porta su inconsciente y en segundo lugar que le suponga al síntoma un sentido a descifrar, sentido que le concierne íntimamente. Porque a veces el síntoma es del otro (la familia, los vecinos, etc) que señala que algo no funciona sin que el sujeto lo tome como algo que en él no va bien, o que quiera cambiar. En otras ocasiones puede ser el propio sujeto quien manifiesta un malestar, pero como veíamos en el ejemplo, sin que esté dispuesto  a hacerse cargo de ese malestar y abandonar la satisfacción en el sufrimiento. El abordaje por la palabra en psicoanálisis, requiere entonces ciertas condiciones que lo hacen posible, y que, al mismo tiempo, señalan los límites de su alcance. Porque cuando hablamos de hacerse cargo de la palabra inconsciente, de lo que hablamos es de dar un consentimiento (decir “sí, quiero”) a suponerle una causalidad psíquica, a suponer que más allá del síntoma como disfunción y malestar, hay algo en ello que le concierne y de lo que hasta el momento no ha querido saber nada. Por eso el psicoanálisis no es para todo el mundo, en el fondo cuesta aceptar que hay que bancar enterarse que uno tuvo que ver en la producción del síntoma, aunque la buena noticia sea que, por la misma razón, se tiene todo el poder para modificarlo ya que no depende de otro.

En síntesis: hay palabras poderosas,  hay palabras cobardes y hay también palabras sugestivas. La clínica nos muestra que la palabra dicha tiene efectos y que de ella depende la eficacia del psicoanálisis. Se trata de un poder que toma su fuerza del lugar que el profesional ocupa en la transferencia y del uso discrecional que haga de este poder. El acto de palabra bajo estas coordenadas puede abrir una nueva dimensión del tiempo para que el paciente se haga responsable (responda) por sí y salga del goce en el dolor. Se trata de un tiempo y espacio subjetivo, para el duelo por lo que se fue y por lo que nunca podrá ser, para la pregunta acerca del ser, para la elaboración de la propia historia y para el renacimiento del deseo. Esta es la eficacia del psicoanálisis: construir un tiempo y un espacio de palabras poderosas, engarzadas en el cuerpo, para que el sujeto pueda  identificarse a su síntoma,  y convertirlo en  el hilo de Ariadna que le otorgue una salida al laberinto.

Nota: No sabía si incluir esta cita como epígrafe o al final del texto, así es que se las incluyo como palabras finales para nuevos inicios. Espero les sirva para repensar un análisis.

“Ahora bien, toda palabra llama a una respuesta…no hay palabra sin respuesta, incluso si no encuentra más que el silencio, con tal de que tenga un oyente, y que éste es el meollo de su función en el análisis…El inconsciente es ese capítulo de mi historia que está marcado por un blanco u ocupado por un embuste: es el capítulo censurado. pero la verdad, puede volverse a encontrar; lo más a menudo ya está en otra parte. A saber: – En los monumentos: Y esto es mi cuerpo, es decir, el núcleo histérico de la neurosis donde el síntoma histérico muestra la estructura de un lenguaje (…) – En los documentos de archivos: son lo recuerdos de mi infancia, impenetrables tanto como ellos cuando no conozco su proveniencia. – En la evolución semántica: y esto responde al stock y a las acepciones del vocabulario que me es particular, como al estilo de mi vida y a mi carácter. – En la tradición también, y aún en las leyendas que bajo una forma heroificada vehiculan mi historia. – En los rastros que conservan inevitablemente las distorsiones, necesitadas para la conexión del capítulo adulterado con los capítulos que lo enmarcan, y cuyo sentido restablecerá mi exégesis. Jacques Lacan Escritos I

Lic. Liliana Paz Mendez

Psicóloga-MN 48359
Clínica de Adolescentes y Adultos
Orientación Vocacional y Ocupacional
Acompañamiento terapéutico
Email: psyche.ar@hotmail.com

Cel/Whatsapp 1559428070


Yes: Time and a word (tiempo y una palabra)