El arte de la queja. La excusa del deseo

La tempestad-Giorgione

Un paciente entra enojadísimo al consultorio y me cuenta una situación familiar en la que discutió con su hermano en la reunión de navidad. Me dice “sabe qué, me quería regalar una computadora”. Este paciente profesional, soltero y sin hijos, de 50 años, desocupado desde hace 10, que vive sostenido por su tía jubilada, leyendo y escuchando música como única actividad, se enfurece con su hermano, quien se preocupa por reemplazarle la vieja computadora, para que pueda buscar trabajo más comodamente. “Buscar trabajo!!!, claro ahora hay que buscarlo por internet, el gobierno no hace nada…Igual te entrevistan y no te llaman”. Le pregunto que tiene que ver el hermano con ello y me dice  “es que me regala la computadora para que consiga un trabajo,  por ahí lo consigo, pero no será como el que tenía”. Le señalo que nada va a ser como lo que tenía y que por ahí descubre que es mejor y me dice “pero yo quiero el que tenía”. Le recuerdo que de ese trabajo también se quejaba y que había sentido alivio cuando lo echaron porque tenía ganas de iniciar un proyecto laboral en forma independiente. Me mira y me dice: “si,  tal vez  sólo sepa ser dependiente”

Como vemos ilustrado en esta viñeta, dependencia y queja van de la mano e implican quedar a merced de otro para no hacerse cargo de los propios deseos y en definitiva de la propia vida. Este paciente ha hecho de la queja, su modo de goce (en el dolor, pero goce al fin).  Todo lo que le ocurre “no le atañe” es culpa de su hermano, de la tía, del gobierno o del destino que le tocó. Extraña un trabajo del que lo echaron, no por sus aspectos técnicos (es brillante) sino por sus permanentes  “quejas” contra la empresa y sus supervisores. Aún la tía que es su sostén (afectivo y económico) cae también en la volteada de la queja: “me ensucia la cocina, me gasta mucho detergente, me usa el horno y me calienta la casa…”.  Yo escucho pacientemente sus quejas, sin avalarlas ni contrariarlas. Intento confrontarlo con su parte en la opereta de su vida, pero el se escabulle con su “no puedo hacer nada, sólo me queda el suicidio…pero como soy muy religioso, no puedo hacerlo”. Si este hombre recibiera un centavo, por cada uno de los “pero” de su discurso y de las excusas para su no hacer nada, sería un hombre muy rico. Rico no sólo en dinero, también conseguiría la riqueza de pararse en otro lugar de la situación que le tocó vivir y haría con su “es lo que hay” una vida distinta.

El psicoanálisis, parte de una premisa básica, “la responsabilidad del sujeto en aquello que le sucede”. La primera consecuencia de esto en aquella persona que se acerca a consultar,  es que lo corre de su lugar de queja, provocándole gran alivio,  porque empieza a detectar que no es víctima pasiva. La pregunta sobre lo que le pasa recae sobre él y según su deseo de saber, comenzará un análisis. Esto quiere decir que va a vincular su malestar, su sufrimiento, con una causa. En la mera demanda el sujeto se coloca en dependencia de otro. En el involucrarse con la parte que le toca, se convierte en artífice de su vida. Porque la queja no es el sufrimiento, o sea, queja y sufrimiento son dos cosas distintas. Una persona puede sufrir y negarse a toda queja, o por el contrario, situarse en una posición de permanente queja, que le permite disimular su miedo a hacerse cargo de su vida, miedo a abandonar la dependencia. De allí que la propuesta psicoanalítica tenga una cierta violencia: el paciente quiere pasar de depender (del padre, de su jefe, de su pareja, del destino, etc) a depender del analista y el analista le dice “hacete cargo”. No muchos pacientes soportan este “empuje” a un goce acotado y no sufriente y abandonan el análisis, en búsqueda de un otro del cual depender. Conocemos muy bien pacientes que arriban a nuestro consultorio después de haber estado por más de 10 años en tratamiento contínuo (en este caso habría que ver también la responsabilidad del analista en ese tratamiento fallido, pero eso lo dejaré para otro artículo).  En fin, un análisis no es ni más ni menos que convertir  un goce sufriente en la impotencia de la dependencia en un goce convertido en deseo en acción.

Alguien puede quejarse de una situación intolerable para sí con una amistad, con el vecino, con un pariente, pero lo hace sabiendo que la queja no producirá efectos, el otro lo oye y por ese acto consigue perpetuarse en ese malestar. Podría decirse que queda fijado a algún punto de goce, en ese punto donde hubo otro que gozó de su dependencia. Y en este quedar pegado al mandato de “gozar”, no hay posibilidad de moverse  de ese lugar de goce patológico: el de ser gozado por otro.

Psicoanalizarse es buscar una nueva subjetivación como una vía para desplazar la formulación de la queja. Subjetivarse es separarse y re-gocijarse con lo más propio: el deseo. Con el psicoanálisis apuntamos a ayudar al sujeto a nombrar su goce propio, en un intento por descubrir el goce del ser, que es distinto a ser gozado. Es un gran cambio de posición frente al sufrimiento, es desplazar la queja para que advenga la responsabilidad del propio goce y para eso no hace falta un análisis muy largo como muchas veces se suele escuchar (será otra excusa para no intentarlo?), basta con que el sujeto consienta a que se abra el juego  a través de la pregunta que lo involucra y  libera: “Qué tengo que ver yo en esto que me pasa?”

Lic. Liliana Paz Mendez

Psicóloga-MN 48359

Clínica de Adolescentes y Adultos

Orientación Vocacional y Ocupacional

Acompañamiento terapéutico

Cel/Whatsapp 1559428070

psyche.ar@hotmail.com

Se tiran conmigo Alfredo Belusi

Las fiestas y la nostalgia. El bajón navideño

Antonio Berni-La navidad de Juanito Laguna

Permanecer y transcurrir
no es es perdurar, no es existir,
ni honrar la vida!… Merecer la vida es erguirse vertical
más allá del mal, de las caídas…Eso de durar y transcurrir
no nos dá derecho a presumir,
porque no es lo mismo que vivir
honrar la vida!   

Eladia Blazquez-Poetisa, compositora y cantante argentina

Cada final representa para un ser humano el símbolo de la propia finitud, porque la mente toma conciencia de lo efímero de la existencia cuando experimenta la terminación de cada uno de los ciclos de la vida.

La depresión navideña no es un nuevo trastorno psicológico que aparezca en los manuales psiquiátricos, pero si con este concepto quiero llamar la atención sobre un estado de ánimo que se desarrolla en esta época del año y que guarda mucha similitud con la depresión que todos conocemos. En principio, cumple todas las características de una depresión común: la persona se encuentra triste y melancólica, tiene una visión negativa de lo que la rodea, se aísla y cualquier actividad le resulta complicada de llevar a cabo.  Esto choca bastante con el espíritu que rodea a estas fiestas y por supuesto la persona se siente completamente fuera de lugar. Los factores principales que llevan a sentirse así, pueden ser los siguientes:

  1. Recuerdos de seres queridos, personas que han muerto o que se encuentran lejos con los cuales no se puede compartir estas fiestas. Se echa de menos a esta persona y se recuerda con nostalgia los momentos navideños vividos con ella, y puesto que no pueden repetirse, el pensamiento será negativo hacia esa situación y la persona afectada no tendrá ganas de fiesta. Se estará focalizando toda la atención en ese acontecimiento o en esa persona que falta y no se será capaz de ver el resto del ambiente, como otros familiares que sí están, u otras situaciones nuevas y positivas.
  2.  Paralelo a lo anterior aparecen recuerdos de acontecimientos pasados vividos en estas fiestas o a lo largo del año, que fueron negativos y que ahora salen a relucir para demostrar lo mal que se la ha pasado o lo desdichados que se es. Es una forma de rememorar el pasado con nostalgia, pero que solo sirve para enturbiar el presente.
  3. A menudo también puede suceder que nos dejemos llevar por la publicidad y por el espíritu navideño que tratan de vendernos ilusiones de felicidad ilimitada por todas partes. La idea de felicidad completa que aparece en los medios de comunicación no tiene nada que ver con la realidad que viven muchas familias con problemas, ya sean económicos, personales, laborales, de pareja, etc. Incluso más: esa idea es una falacia, no existe nadie en el mundo que se sienta “completo”. Si caemos en la trampa de compararnos con lo que nos venden, habremos caído en un pozo sin salida, porque no nos parecemos para nada a lo que dicen los anuncios, los que por supuesto venden “humo” para incitar el consumo.
  4. La falta de recursos económicos es una gran traba en estas fechas. Nos enfrenta a la carencia, y nos coloca fuera del sistema consumista capitalista. No “pertenecer” incrementa la soledad y la depresión se hace sentir
  5. Las reuniones familiares agravan los conflictos no resueltos, Muchas personas prefieren aislarse para evitar las habituales peleas de estas reuniones. Sin embargo esta huida no hace desaparecer el conflicto e incrementa la sensación de aislamiento.

¿La depresión navideña es evitable?

La nostalgia por los tiempos mejores no es evitable, pero puede convertirse en un estímulo para actividades que nos alejen de la depresión y la ciclotimia, actividades que nos sirvan para la elaboración de la pérdida. Tenemos que comprender, que todo final conlleva un duelo, es perder algo pero para obtener algo nuevo. Si nos quedamos en la pérdida, nos perdemos a nosotros mismos, con riesgo de caer en la melancolía que es un duelo patológico.

Las personas que ya no están, o los acontecimientos vividos,  nos han dejado miles de marcas, símbolos que pueden minimizar la pérdida real. Preguntarse qué cosas aportaba esta persona a estas fiestas, puede dar ideas para que estén presentes en la mesa. Seguramente alguien puede tomar la posta para preparar la torta que hacía la abuela, otro podrá contar las anécdotas graciosas de su vida. También una situación nueva puede servir como trampolín para nuevos pensamientos positivos. Tal vez desde esa perspectiva podamos descubrir que el cambio siempre tiene algo mejor. La clave es encontrar esos momentos especiales pasados para revivirlos con alegría y enfrentar el cambio como oportunidad, no como pérdida. Elaborar un duelo implica tender puentes simbólicos hacia la nueva situación e inventar ritos para soltar el pasado. La navidad es sólo una fecha en el calendario y cada persona le da el significado simbólico que quiere. Construir nuevos significados servirá para aprovechar las fiestas y desconectarse del día a día. Hay que explotar al máximo los recursos con los que se cuenta y no llorar por lo que no hay. Una cena de navidad no necesita manjares caros, como dice Serrat: “un buen manjar puede ser cualquier bocado”. Siempre tenemos la libertad de elegir cómo pasarla bien, teniendo en cuenta nuestras necesidades. Pero si nos aferramos al cumplimiento de costumbres familiares (o a los mandatos de la sociedad de consumo) que nos obligan a agotar nuestras energías en el intento, estaremos predispuestos a no disfrutar de los momentos agradables que puedan depararnos estas festividades, porque siempre nos faltarán “cinco centavos para el peso”.

En síntesis: la depresión navideña no es una patología, es una postura ante la vida. Por ello es evitable. Aprender a elaborar los duelos que implica cada fin de ciclo, nos permitirá plantarnos frente a la vida desde el disfrute y no desde el padecimiento. Pensemos que si    re-significamos estas fiestas, estaremos re-significando nuestra forma de vivir y el nuevo año que comience seguramente será un año mejor. Después de todo de eso se trata la vida, de principios y finales. Les deseo a todos que tengan un fin de ciclo elaborado con nuevos sentidos y un inicio del 2012 que se abra con muchas oportunidades a partir de esos nuevos sentidos. Y a festejar la vida…todos los días!!!

Lic. Liliana Paz Mendez

Psicóloga-MN 48359

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The Beatles “Everywhere It’s Christmas” long version (song only) 1966