La felicidad: De utopías y deseos

 

Mucho se ganará si el [psicoanálisis]  tiene éxito en transformar la miseria histérica en un infortunio corriente. Con una vida mental restaurada el [individuo] tendrá mejores armas para luchar contra la infelicidad

Sigmund Freud

El avance de la biología en el siglo XX y XXI  va a tener consecuencias decisivas para la biopolítica moderna. Aparece una nueva ciencia: la ciencia de la felicidad. Adicionalmente se postula una nueva política de empleo que, desde la flexibilización laboral, supuestamente apunta a reintegrar a los excluídos del sistema al trabajo, encubriendo el objetivo real de sacar al Estado como moderador de los efectos del capitalismo neoliberal. La propuesta se concreta en flexibilizar los salarios y trabajar más tiempo. Esto conduce a la deconstrucción del estado del bienestar en nombre de una nueva definición de la felicidad.

Esta ciencia de la felicidad se basa en la economía como búsqueda del placer en el consumo. Se constata sin embargo, que el  índice de la felicidad no se modifica cuando aumenta el PBI per cápita. La deducción es que la riqueza no hace la felicidad y que tampoco la bonanza económica modifica el índice. Por otro lado, la psicología se cruza con un cierto uso de los resultados de las neurociencias. De allí a la medicalización de la felicidad, antidepresivos mediante, hay un solo paso.
La felicidad tiene un aspecto imaginario ya que uno es feliz si tiene lo que tienen los demás, la gente trabaja para tener lo mismo que el vecino. Esto implica un empuje al goce, el infierno hedonístico (léase consumo, luego existo). ¿Cómo desanimar a los sujetos de esta adicción que no va darles ninguna felicidad?
Existe una antigua fábula sobre la infelicidad. Dice así: Había una vez un joven príncipe que era terriblemente infeliz y el rey no podía hacer nada para aliviar el abatimiento de su hijo. Los consejeros del rey finalmente le dijeron que lo único que podría aliviar al príncipe de sus penas era que consiguiera la camisa de un hombre feliz. Después de buscar a lo largo y a lo ancho del reino, finalmente encontraron a un pobre granjero que era sumamente feliz. Pero su desconsuelo fue enorme al saber que este pobre pero feliz granjero ¡no poseía ni una camisa!

La moraleja de esta historia puede ser interpretada de diferentes formas, pero todas ellas apuntan hacía una explicación ineludible: la felicidad es inherentemente enigmática y evasiva; por más que nos esforzamos en obtenerla, siempre parece estar más allá de nuestro alcance, no importa que tan duro tratemos o cuanto de lo que el otro tiene obtengamos.  A pesar de la supuesta prosperidad consumista, cada año gastamos billones de dólares en los más modernos medicamentos antidepresivos o ansiolíticos que,  aunque son efectivos para aliviar temporariamente nuestro sufrimiento, poco es lo que pueden hacer para hacernos seres humanos más felices. En todo caso nos convierten en humanos que taponan su deseo con el “quitapenas” del medicamento, sólo una cortina de humo

La mayoría de las personas que acuden a una psicoterapia en busca de ayuda no se quejan de este o aquel padecimiento, sino de no ser felices. Entonces, dónde está la felicidad?

CULTURA E INFELICIDAD

En el libro “El malestar en la cultura” Freud analiza la relación entre felicidad, psicoterapia y sociedad. La vida nos reta con sufrimiento, frustración y desilusión desde el momento en que nacemos y que nos confronta con tareas que son muy difíciles de llevar a cabo. Todo esto deja cicatrices que son imposibles de borrar. Aunque de niños se nos convence de que las cosas serán más fáciles al crecer, la experiencia nos dice lo opuesto –que la vida se vuelve más difícil- y que esta situación persistirá durante toda nuestra existencia hasta que finalmente nos enfrentamos con lo inevitable de nuestra muerte.

Gran parte de nuestra vida está enfocada a una u otra forma de sufrimiento y pasamos gran parte de nuestro tiempo tratando de encontrar alivio a las penas que la vida nos depara y así vivimos día con día. Freud enumeró los mecanismos que típicamente empleamos para obtener este alivio en tres categorías:  la primera es lo que el denomina desviación  del sufrimiento, como por ejemplo el trabajo y la actividad intelectual que nos mantendrán preocupados por otras razones ajenas al peso de nuestra miseria;  la segunda son las satisfacciones sustitutivas que se caracterizan por el placer o la felicidad que derivamos del arte y el entretenimiento, lo que sirve para disminuir nuestro sufrimiento; y la  tercera categoría incluye sustancias toxicas que nos hacen insensibles al dolor al que no podríamos escapar de otra manera. Estas tres alternativas figuran en nuestra vida de una forma u otra, La felicidad o el placer que previamente nos proporciona disminuirá de manera proporcional y por ende aumentará nuestra adicción.

Ninguno de los métodos que Freud enumeró ha sido exitoso como hubiéramos deseado (tal vez el único qué más se acerque sea el arte, ya que expresa algo de nuestra subjetividad, aunque siempre habrá un dejo de frustración en la creación). Esto hace que surja la pregunta inevitable de ¿porqué la vida es tan difícil?, y si estamos de acuerdo en que esta dificultad es infranqueable o más o menos consistente con la vida, entonces ¿cuál es el propósito de que nuestra existencia sea por naturaleza penosa?

Naturalmente, la pregunta del sufrimiento aparecerá sobre todo en la mente de la persona que acude a tratamiento ya que el alivio del sufrimiento es el principal motivador que lleva a la gente a terapia. Cabe preguntarnos ¿cuáles son los efectos que tienen en el alma humana una vida de pena y frustración? ¿cómo nos afecta este sufrimiento y qué nos inspira a buscar de la vida para aliviarlo, para entenderlo y no solo por el sufrimiento en sí mismo sino a pesar de él? Para Freud, la respuesta a esta pregunta nunca estuvo en duda: nuestro sufrimiento inevitablemente nos lleva a buscar la felicidad, a desear ser felices. Así pues, el sufrimiento y la felicidad mantienen una relación complementaria, es debido al sufrimiento que buscamos un estado de felicidad que nos alivie y cuando logramos la felicidad, naturalmente deseamos conservarla como una forma de protegernos contra lo inevitable de volver a sufrir. Pero la búsqueda de la felicidad no es tan fácil como parece, ya que la naturaleza de la felicidad es tal, que normalmente la experimentamos como una sensación de un simple “alivio” del sufrimiento sin posibilidad alguna de prolongarla en el tiempo.

LAS FUENTES DE LA INFELICIDAD:

Pero ¿cuáles son las principales fuentes del sufrimiento? La primera es quizá la más obvia: nuestro propio cuerpo, que de acuerdo a Freud, “está destinado a la decadencia y la disolución”, e incluso necesita del dolor y la ansiedad como una señal de alarma para que pongamos en movimiento nuestras defensas psíquicas. La segunda es el mundo externo como una fuente constante de sufrimiento, que “periódicamente nos ataca sin misericordia con fuerzas destructivas que nos sobrepasan”, en la forma de huracanes, terremotos, inundaciones, crisis mundiales, etc.

Pero ultimadamente, la fuente más profunda de sufrimiento está en nuestras relaciones con otros seres humanos, sufrimiento que de acuerdo a Freud es el más doloroso que podemos experimentar. Freud señalaba que las relaciones interpersonales constituyen para el ser humano las experiencias más dolorosas a las que se puede enfrentar; e incluso esto es la piedra angular de lo que significa ser humano. Por ello, algunas personas optan por evitar las relaciones en su totalidad o de evitar a cualquier precio aquellas relaciones que son más íntimas, en un intento de protegerse de ser rechazados, frustrados, o desilusionados por los demás. Esto es lo que conocemos como relaciones “liquidas”, miles de contactos diarios sin profundidad ni compromiso y escudadas tras el anonimato virtual. Claro que esta estrategia nunca es completamente exitosa, ya que de igual forma tampoco existe mayor fuente de placer que la que encontramos al relacionarnos con los demás; ya sean amantes, esposos, amigos, hijos, camaradas, colegas y demás. Sin ellos, nos sentimos desgraciadamente infelices, y debido al peso del aislamiento y la soledad, eventualmente nos vemos obligados a buscar medios alternativos para aliviar nuestro aislamiento auto impuesto.

Pero debemos preguntarnos ¿por qué nuestras relaciones con los otros provocan tanto sufrimiento ¿porqué es una fuente de sufrimiento que no tiene paralelo? ¿qué es lo que otros seres humanos prometen que es tan anhelado?

Freud sospechaba que la respuesta a esta pregunta residía en la búsqueda que perdura a lo largo de la existencia y que nunca nos abandona: el llamado “sentimiento oceánico”, la ilusoria completud de ser uno con el otro, el paraíso perdido. Un sentimiento dice Freud, “de un vínculo indisoluble, de ser uno con el mundo externo como una unidad” .

La única experiencia que tenemos de este sentimiento es durante la gestación y en algunos casos durante las primeras etapas de la infancia, cuando el niño es bienvenido en el seno de su familia. Sin embargo, el trauma del nacimiento y la separación de la madre, interrumpen abruptamente esta luna de miel. Por ello el ser humano busca fuentes alternativas de esa “unidad”  que antes se le brindaban sin hacer ningún esfuerzo adicional.

Basado en esta idea, Freud parece reservar la palabra “felicidad” para cualquier experiencia que sirva para devolvernos a esa bienaventuranza o bendición instantánea que las relaciones con los demás parecen prometer, pero que no podrán otorgarnos. Por lo tanto tenemos que admitir que no podemos ser felices todo el tiempo. Si hipotéticamente fuéramos capaces de preservar la felicidad que ocasionalmente disfrutamos, pronto nuestra vida sería aburrida, y la felicidad que antes atesorábamos se evaporaría para transformarse en ese estado familiar de ansiedad que caracteriza nuestra existencia. Entonces, la búsqueda de la felicidad volvería a comenzar una y otra vez, para estar nuevamente destinada a la erosión en el momento en que tenemos éxito en aproximarnos a ella, y así sucesivamente. se.

QUÉ DEBEMOS HACER PARA MINIMIZAR LA INFELICIDAD?

  1. Tomar la felicidad sólo como norte, no es algo alcanzable.
  2. Proponerse objetivos cumplibles y a corto plazo.
  3. Practicar la ética del ser y no del tener. Menos consumo y más apuesta a construir la subjetividad.
  4. No compararse con los otros.
  5. Festejar cada logro por pequeño que sea
  6. Fomentar lazos profundos con los otros
  7. Reservar momentos para actividades placenteras. Una buena fuente es el arte, aunque no necesariamente todos comparten este interés. También el propio trabajo puede resultar una actividad (por momentos) fuente de placer, siempre y cuando la actividad que se desarrolle esté acorde con el deseo y la vocación.

Para concluir, la política del psicoanálisis es introducir una nueva ética en la relación con la sociedad. Ética que excluye la ética hedonista del consumismo y que apuesta a la política del deseo. Aún los sujetos muy frágiles, sometidos a la mirada del otro,  pueden a pesar de ello, encontrar en una psicoterapia una forma de regulación del empuje al goce total que impone el mandato de lograr la felicidad “completa”. El psicoanálisis puede proporcionar canales vehiculizadores del deseo, que sirvan para ofrecer al Sujeto una protección contra los mandatos y el deber ser, que nos impone nuestra sociedad hoy, con un efímero e ilusorio paraíso prometido de la felicidad.

Lic. Liliana Paz Mendez

Psicóloga-MN 48359

Clínica de Adolescentes y Adultos

Orientación Vocacional y Ocupacional

Cel 1559428070