Angustia,trauma, resilencia y deseo

Death and life - Gustav Klimt
Death and life – Gustav Klimt

 

“Recuerden Uds. que el paciente enfermó a raíz de una frustración y que sus síntomas le prestan el servicio de satisfacciones sustitutivas” S. Freud,  Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica

“Esto ominoso no es efectivamente algo nuevo o ajeno, sino algo familiar de antiguo de la vida anímica, sólo enajenado de ella por el proceso de represión…algo que, destinado a lo oculto, ha salido a la luz…Acerca de la soledad, el silencio y la oscuridad, todo lo que podemos decir es que son efectivamente los factores a los que se anudó la angustia infantil” S. Freud, Lo Ominoso

Qué es lo que tiene potencialmente capacidad para angustiar y hacernos enfermar?

En líneas generales podemos decir que la imposibilidad. La imposibilidad es la consecuencia de Lo Imposible. Lo real que no se puede domar ni vencer. Nos topamos con Lo Imposible cuando éste levanta cualquier barrera. Nada podemos hacer. Lo Imposible es como la muerte. Es una condición ante la cual ninguna estrategia nos sirve para eludirla. Por eso las depresiones no sólo pueden sobrevenir con la muerte de un ser querido. Cualquier otro imposible es también sentido y vivido como una muerte.

En este punto aparecen las diferencias de respuesta de cada Sujeto. El nivel de angustia varía y algunos sujetos llegan a  hacer síntomas depresivos.  Más que la cualidad del evento imposible,  para la respuesta importa cómo el Sujeto se posiciona frente al imposible.  Y la diferencia se establece según como el Sujeto se encontró por primera vez con lo imposible. La muerte física, el desamor, el fin de un amor, la caída de un ideal, son todas formas de lo imposible. Desde el inicio estamos signados por la imposibilidad. Somos seres que de entrada nacemos con la condición del final. No todo puede lograrse, no todo puede saberse, el amor no es incondicional. “Todo concluye al fin, nada puede escapar …” dice la canción popular. Frente a esto es que creamos fábulas sobre el amor eterno, o del superhéroe que puede hacer frente a todas las circunstancias (porque lo que más angustia no es tanto la propia imposibilidad, sino experimentar que no hay otro que pueda superarla). Estas fábulas, cual anestésico, nos alivian de Lo Inevitable. Y cuando la fábula cae, la sombra de lo real inevitable nos deja sin defensas. Sin embargo algunos Sujetos se reponen más fácilmente que otros frente a los finales, sin llegar a una angustia paralizante o a la depresión. En general se dice que son “resilentes”. Hemos escuchado bastante sobre el concepto de resilencia. La definición más común que da la psicología es  “capacidad que tiene una persona para superar circunstancias traumáticas”. Esta capacidad depende en primera instancia del encuentro inicial con el trauma de Lo Imposible. Solemos fechar  el primer trauma en la circunstancia del nacimiento. Nacimiento entendido como separación inicial, como imposibilidad de hacer una unidad con un  otro. Si bien esto es cierto, los seres humanos nacemos con un antecedente a nuestra aparición física. Y este antecedente se llama “deseo otro”. El propio deseo puede surgir en la medida en que haya un otro deseante.  Podemos nacer deseados o no deseados y, además, nuestra existencia depende del tipo de deseo que los otros carguen a nuestras espaldas.  Porque no cumplir con esas expectativas y sostener los propios deseos y anhelos, a pesar de las expectativas del deseo del otro, suele ser una situación conflictiva y traumática, frente a la cual no todos los Sujetos se encuentran en óptimas condiciones para enfrentarla.

 

Frente a Lo Imposible qué hacer?

Francamente no me me resulta muy operativo el concepto de resilencia. No porque  sea incorrecto, sino porque su uso ha generado ciertas confusiones. En primer lugar, porque el término “capacidad”, lleva a pensar en algo que se tiene o no se tiene, con lo cual ciertos individuos estarían imposibilitados de por vida, para hacer algo con lo traumático (una posición que conlleva un auténtico trauma sobre trauma). En segundo lugar, porque se suele apelar a la voluntad  del individuo para hacer uso de dichas capacidades (“poné pila”, “vos podés”, “activá” se suele escuchar), en un momento en que el Sujeto angustiado o deprimido está absolutamente inhibido para hacer algo voluntariamente. Eso no significa que el Sujeto no pueda hacer nada frente a lo traumático.

En líneas generales, un tratamiento psicoanalítico apunta justamente a que los Sujetos puedan habérselas de otro modo con lo imposible y traumático. Algo que no sea síntoma doloroso o inhibición angustiada. Es un intento (diría intento creativo y fecundo) de habérselas de otra manera con eso que los psicoanalistas llamamos castración. El eje rector de este intento es el deseo del analista para que surja un deseante. Allí, donde se avizore, la más mínima veta de deseo, el analista debe avivar ese sagrado fuego. De nada sirve elaborar lo traumático, sino hay construcción de un presente y futuro posible con lo que sí se puede y desea.  Tejer la trama de un deseo más fuerte que la certeza del final inevitable, le permitirá al Sujeto sostenerse frente a la adversidad y transitar una vida que merezca ser vivida.

Lic. Liliana Paz Mendez

Cel/Whatsapp 1559428070

Psicóloga UBA

Adolescentes Adultos

Terapia de pareja

Orientación Vocacional

 

 

 

 

El deseo: auténtico motor de la vida

En los momentos de crisis el deseo de vivir puede desfallecer y aparece la angustia. Qué es el deseo y cómo se relaciona con la motivación y los proyectos personales

Puesta de sol en playa Claromecó. Buenos Aires Argentina
Puesta de sol en playa Claromecó. Buenos Aires Argentina Foto: Liliana Paz Mendez

Es lícito decir que el dichoso nunca fantasea; sólo lo hace el insatisfecho. Deseos insatisfechos son las fuerzas pulsionales de las fantasías y cada fantasía singular es un cumplimiento de deseo, una rectificación de la insatisfactoria realidad” Sigmund Freud. El creador literario y el fantaseo

Algunas veces sentimos nuestra vida aburrida y sin sentido.

Son momentos de crisis personal, donde las referencias e ideales respecto a la vida dejan de sostenernos.

En algunos casos,  la familia o los amigos, actúan de soporte para transitar la crisis. En otros, aquéllos en que hay  de signos de depresión (apatía, exceso o falta de alimentación, angustia permanente y sin sentido, dificultad o imposibilidad para realizar las tareas habituales y falta de atención) la consulta con un profesional se hace necesaria.

Por qué en los momentos de crisis sentimos que nuestra vida no tiene sentido?

La presencia de un proyecto personal, dirige hacia adelante y sostiene la satisfacción en el presente de nuestra existencia, mientras que en las crisis aparece la insatisfacción y sentimos que nuestros proyectos se derrumban o empiezan a perder sentido.

De todos modos, en condiciones normales,  solemos centrarnos poco en el presente, vivirlo con intensidad, “degustarlo”. Aunque también es cierto que vivir en un presente perfecto y permanente es un imposible. El presente perfecto tiene dos caras que se pueden observar bien en los efectos que producen las drogas. La primera es el tiempo gozoso de la vivencia, que se traduce corporalmente en un incremento de adrenalina y se relaciona con el encuentro supuesto de “LA” felicidad perfecta. La otra cara es el abatimiento cuando no logramos ese ideal. Como los ideales sólo son estados mentales, ya que “todo” no se puede, seguramente habrá momentos de frustración que se traducen en crisis. En los estados de salud, ante la crisis el Sujeto tiene la posibilidad de recuperar los eventos positivos de su pasado para repetirlos en el presente y proyectarlos en el futuro. También puede elaborar las situaciones traumáticas para lograr un equilibrio entre el todo y lo posible. En los casos en que el Sujeto tiene menores recursos para tolerar la frustración, en los estados de crisis aparecen impedimentos para delinear un nuevo proyecto, que genere la motivación necesaria para continuar viviendo.

Motivación siempre es sinónimo de empuje. Existen dos grandes modos de motivación: la motivación externa y la motivación interna. La motivación externa, se compone de los incentivos que vienen dados desde fuera,  por los otros o por el entorno, ya sean positivos (p.ej. reconocimiento, dinero o un ambiente agradable), o negativos (pej. castigo, indiferencia, ambiente hostil). La motivación externa es una auténtica “bomba de tiempo”, porque nos deja en manos de otro/s que en cualquier momento pueden suspender el incentivo o la atención hacia nosotros. El lema de la motivación externa es “lo hago por vos” y si, por algún motivo ese otro desaparece o deja de interesarse por nosotros, sobreviene la angustia.

Por el contrario, la motivación interna es el auténtico motor de la vida. A esta motivación interna podemos llamarla deseo. El deseo tiene raíz pulsional y está apoyado en Eros, es decir la pulsión de vida. Funciona proyectándonos al futuro en base a nuestros anhelos, objetivos, integrando nuestras capacidades e intentando repetir la experiencia de satisfacción y el goce de obtener logros, que generan autoestima. De allí la importancia de desarrollar las experiencias positivas, donde el goce provenga de la puesta en acto del deseo, auténtico motor de la vida.

Por ello los psicoanalistas consideramos que toda terapia psicoanalítica tiene (o debería tener) como horizonte llevar al Sujeto a poner en juego su deseo, no sólo para superar una crisis, sino para lograr un cambio creativo que aumente el sentimiento de sí y mejore la autoestima y la calidad de vida. Y para recordar siempre que tener “todo” es igual a la muerte del deseo.

Lic. Liliana Paz Mendez

Psicóloga UBA

Cel/Whatsapp 1559428070

No se desesperen (Luna Park 1984) – Los Abuelos de la nada